LOS ESPEJOS DE UN PERISCOPIO

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No sabía bien de dónde venía ni como había llegado ahí. Disfrutaba quedarse quieto para dejarse mecer por las ondulaciones, en especial cuando recién salían los primeros rayos del sol. Sentía que era la luz la que lo llevaba de un lugar a otro. Permanecía muy cerca del límite de la superficie, y muchas veces aguantaba la respiración para vencer la tensión superficial del agua por unos segundos. El amanecer se convertía en mañana, y ahora sacaba un ojo a la vez para que la intensa luz no lo cegara por completo. Mezclaba en su cabeza los dos mundos. Pero eso no resolvía su incógnita. No sabía bien de dónde venía.

Todo a su alrededor cambiaba. Muchas veces permanecía más tiempo bajo el agua, tratando de recordar cada detalle de la fugaz imagen que había conseguido en el último vistazo. Tratando de diferenciar lo real de lo imaginado, lo que estaba más cerca de lo que estaba más lejos. Lo que le asustaba de lo que le intrigaba. A veces pasaba tanto tiempo inmerso en su cabeza que no lograba seguir el hilo de sus pensamientos. Decía un viejo pescador que en el mar no se está solo, pero él no podía evitar preguntarse si era la excepción. Y no lo pensaba por su falta de compañía, de eso tenía suficiente. Lo pensaba porque nadie podía entrar a su mente, y era ahí donde permanecía. Notaba como todos se preocupaban sólo por su supervivencia, ni más ni menos. Para él, ese era sólo el principio. Se fijaba en ellos. Los espiaba. Los estudiaba. El peso de todos era similar, unos cuatrocientos cuarenta gramos, y medían unos veintidós centímetros de largo, poco más. Sólo él lo sabía. Sus bocas, abiertas siempre, eran cientos de delgadas láminas semitransparentes que dejaban entrever el oscuro interior de sus tripas. Sólo a él le interesaba.

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Cuando recordaba cómo había conocido el mar, sentía de nuevo extrañeza hacia ese cuerpo fluido que ahora lo rodeaba. En algún momento pensó que moriría sin conocerlo, como les había pasado a algunos de sus antepasados. A ellos los atraían los barcos, pero no el mar.  Él añoraba tanto conocerlo que sentía que todas esas ganas lo único que harían sería alejarlo de él. No fue así. Este mes se cumplen ya cuatro años desde que sus miedos y preocupaciones quedaron disueltos a orillas del Atlántico.

Se perdía en sus pensamientos y se alejaba constantemente de su barco. Prefería estar más cerca de las rocas. Se sentía más vivo estando a la deriva. El azul profundo del mar se pintaba de negro, casi hacía espeso el movimiento. Sin embargo, se sentía muy ligero, como arena deslizándose entre huesos.

Cuando nadaba soñaba, y cuando dormía soñaba con que nadaba soñando. Lo que más quería era perderse. Trataba también de nadar hasta lo más profundo. Soñaba con naves en la oscuridad del fondo del mar. Sabía que si lograba nadar hasta el fondo se encontraría con la otra superficie. Su imaginario planteaba una geografía submarina hiperbólica. Quería seguir conociendo esa otra superficie, para luego regresar a la anterior y así hasta el infinito. Cada imagen se desdoblaba y se adhería a la siguiente. Océanos contenidos en océanos, fosas como acantilados, grietas como portales.

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Una intensa sensación. Sus escamas ondulaban con el viento que golpeaba la superficie. El mar revolcando su cuerpo llenaba sus ojos de burbujas que hacían borrosa la realidad. Flotaba entre la espuma y veía todo multiplicado y entremezclado. Veía copias de las copias y a su vez las copias de las primeras. Se imaginaba con muchos ojos, cada burbuja una cuenca ocular, cada vestigio de aire un nuevo sonido, todos alrededor de sus aletas y sus branquias. Conocía estando en medio. No quería avanzar, pensaba más en girar. Se revolcaba y se dejaba revolcar por el agua, y echaba vistazos del otro mundo para extender su trance. Se sumergía tanto dentro de sí que sus ojos se tornaban del color de los espejos de un periscopio. Se veían en el fondo de sus retinas las intermitentes estrellas entre las hélices de un helicóptero que las dejaba caer como llovizna.

Las siluetas, las formas, las luces, las sombras y la penumbra se diluían en el agua a medida que se dejaba llevar por la corriente. Podía sentir pequeños hilos de agua helada chocando contra su cabeza y deslizándose hasta el final de su cola. Ganaba velocidad para acercarse a las personas. Le intrigaban mucho. Los observaba de lejos, de cerca, con asombro, con preguntas, con un deseo que no sabía de dónde salía, casi acechándolos. Le encantaban los reflejos de sus cuerpos desprovistos de escamas. Veía cómo buscaban la manera de estar agrupados en medio de la inmensidad. Le gustaba la idea de que los lazos que se creaban con el mar ya no podrían romperse.

El sol también se sumergía. Temía no volver a verlo jamás. Las lejanas cadenas de montañas se derretían en el horizonte y se encargaban de subir la marea. Esperaba con ansiedad la llegada de la noche, y cuando la luna era llena trataba de sentir el frío penetrante de su blanco reflejo.

Los pensamientos se superponían unos sobre otros, casi ocultando lo que los detonaba, mutando y transformando lo que ya no veía, como si los recuerdos de tiempos pasados los viviera por primera vez en ese instante. Todo se sentía nuevo y familiar. A veces imaginaba que al otro lado había alguien viéndolo todo, viviendo su experiencia parcialmente, sin todas las implicaciones físicas de estar a la deriva. Tal vez era él mismo, sentado en el suelo, rodeado de algas y helechos, viendo hacia abajo y pasando las páginas de un gran libro. Tal vez lo imaginó todo. Tal vez siempre ha estado ahí.

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SANTIAGO MURILLO - otrosantiagomurillo@gmail.com - instagram


Datos y enlaces externos sobre este fotolibro.

Datos de Publicación

Autor: José Diniz

Editorial: Estudio Madalena

ISBN: 978-85-65709-06-4 

PAÍS: Brasil, 2014.

Medidas: 22,5cm x 22,5 cm.

Número de páginas: 74 páginas 54 imágenes

Nota: Este fotolibro en Colombia no se consigue, sin embargo, si quieres consultarlo contáctanos a info@dobleespacio.com