Los mundos de Tita

Sobre la existencia material de los objetos y el vaivén de la memoria

Los ojos de las palmas de mis manos -como diría mi profesora de cerámica- analizaban el objeto de superficie dura y plastificada que se resistía a deslizarse entre ellos. Estas partes de mi cuerpo habían entendido antes que mi cerebro, algo que latía en la profundidad de este objeto: la importancia de su existencia material, el secreto de su naturaleza sólida. Era un fotolibro en cuerpo de libro infantil de cuentos, una declaración de singularidad que habitaba este mundo -y ese día la mesa de fotolibros en cuerpo de fotolibros- de manera valiente y a la vez dulce, como quién no alardea de su originalidad pero tampoco la esconde. En la portada, trazos en rosa desenfadado flotaban sobre un amarillo casi feroz y sostenían el título que anunciaba la entrada a los múltiples universos de alguien desconocido.

La aventura nos recibe en un colchón de flores con olor a pegante viejo en álbum familiar, arquetipos de infancia: una niñez entretenida y saludable compartida al parecer por dos hermanas. El azul que amorosamente inunda las fotografías hace pensar en el mar del pasado, las hace flotar en la memoria y en su naturaleza de vaivén. Está la pregunta por la identidad del personaje que anunciaba el título y así mismo las ganas de entender quiénes son estas niñas que han vivido momentos similares a los míos y a los de muchos. Esta pregunta entonces me lleva a mí misma, se me devuelve. Y antes de dar el primer paso en este paseo ya estoy con el corazón en la mano, ablandada por la nostalgia familiar de mi propia vida.

Ventanas a una intimidad lejana. La ventana dentro de la ventana dentro de la ventana.

Los mundos de Tita se nos abren a través de unas ventanas que flotan en la página como un umbral que no promete regreso. En la primera ventana hay una casa de juguete, que a su vez tiene ventanas que nos absorben dentro de esta realidad cíclica. El anuncio prometía una casa de los sueños, de los deseos, pero la luz que rodea la casa de juguete revela otra cosa: un tránsito entre la luz y la oscuridad, una danza entre la ingenuidad de la niñez y lo intangible del subconsciente. Lo onírico se hace presente para no abandonarnos hasta el final de esta aventura.

Pasar la página es entrar en la casa. Pero esta ahora aparece real, vivida, invadida de tiempo. Se imagina uno discusiones cotidianas y momentos significativos, pasos que dejaron rayones en las paredes, algún café que se derramó, el trapo que estaba sucio al limpiar el espejo... stickers, juegos, desorden; rezagos de humanidad.

Tita

Los capítulos se enuncian con círculos que van transitando hacia la izquierda a manera de ábaco, ¿es esta otra pista sobre Tita? ¿Otro indicio sobre su manera de ver el mundo, sobre su forma de entender los números? Aparece el primer retrato a modo de respuesta, en él Tita está vestida con los colores de la casa de juguete que son los mismos de la casa real. Es ella habitando también ese mundo de dos naturalezas o esas dos naturalezas que son un solo mundo. Me parece profundamente hermosa y a la vez intocable como si sugiriera estar muy presente pero al mismo tiempo fuera inalcanzable, habitara otra dimensión. En otro bodegón de lo que aparenta ser su cuarto, ya sin ella, florece un mundo rosa que nos confirma una esencia pueril.

Los círculos de ábaco siguen transitando y a medida que se desplazan se van oscureciendo. Así mismo lo que se nos va narrando se complejiza: ya no hay juegos de niña, ni trazos en rosa, una carta irrumpe el curso de la narración y se levanta como una pared que esconde el segundo retrato de Tita. En el documento, un médico le explica a otro la condición de la niña. La carta también está vivida como la casa. El lenguaje es hermético y confuso, se nombran fármacos y se habla de convulsiones, pérdida de conciencia y electroencefalogramas; Tita tendrá que vivir drogada. Los colores de las fotografías cambian, efectivamente ya no hay retorno y ahora el retrato es diferente, Tita continúa en su propio universo, pero se ve nostálgica, perdida, tal vez dopada.

Lo que sigue está compuesto de realidades interrumpidas: la escultura de una venus cabizbaja reposa abandonada en una bodega, una niña pequeña aparece con la cara invadida de pintura lavada (en una primera mirada ella parece golpeada, luego parece cósmica), una pintura religiosa se suspende censurada, otra niña enfrenta una pared, solo vemos su espalda, ¿será Tita?, una embarazada posa frente a la cámara, y nos mira, atrás alguien le ha movido el sin fin para introducirse en la imagen y revelar el artificio.

Memoria familiar

La narración va tomando un tono sombrío y cada vez más misterioso, cuando pensábamos que todo se empezaba a aclarar nos encontramos ante un túnel de tiempo. Me quedo con texturas frutales y detalles brillantes que se mezclan con lo que parece ser de nuevo un álbum de recuerdos familiares. Pero estas imágenes ya no son arquetipos de infancia, ahora se presentan como momentos del “deber ser” adulto y femenino: dos mujeres juegan una partida de cartas, otra mujer se prepara para su matrimonio; las extensiones de cabello falso reposan sobre la silla al igual que su imagen expectante lo hace en el espejo, parejas de gemelos emperifollados posan frente a la luz áspera del flash.... parecen ser imágenes de archivo, o una memoria genealógica que tiende lazos al presente de Tita ¿o al de todos nosotros?

Los mundos de Tita

Empiezo a pensar que los mundos de Tita no se cierran o se definen sino que se abren, que el título del libro no sugiere una respuesta sino casi una pregunta. A medida que recorro las páginas no logro saber  realmente cuáles son estos mundos o cómo se llaman, ni mucho menos quién es exactamente Tita. Pienso que tiene todo el sentido, ¿acaso sé con seguridad quién soy yo? ¿Cada año que vivo me da una certeza o por el contrario me trae otra pregunta?

Pensando en estas capas de sentido me enfrento a una conversación hecha de dípticos: dibujos hechos por Tita hablan y retratos donde ella posa en confianza con un gato responden, luego los retratos empiezan y los dibujos responden en una expresiva pero sutil correspondencia. Las imágenes de Tita se enfrentan, se miran, se ríen, los trazos en el papel parecen rostros y parecen gatos y parecen ella misma, a veces gritando, a veces jugando, quieren salirse del papel. Es el momento más íntimo de la narración, nos sentimos auténticamente cerca de Tita. Aunque una última fotografía con alma de desacierto nos recuerda que algo se nos escapa.

La oscuridad

Los dos últimos capítulos nos llevan a lo que podría ser el sótano de esa casa que se nos presentaba al principio, nos invitan a bajar a otro nivel de la psique, a adentrarnos en nuestro subconsciente. Aparecen ruinas prematuras, árboles abundantes que rebosan casas que intentan contenerlos en vano, una sala de espera angustiosamente vacía, camillas y detalles de hospital. Otras imágenes hablan de manera poética sobre la privación de la libertad, todo bañado en un claroscuro dramático y en un ambiente macabro y confuso. Es como si recorriéramos la oscuridad exterior, como si el sótano también estuviera afuera y se hiciera uno con nuestros miedos, con la tiniebla que rodeaba la “Dream House”, y haciendo parte de ella habitáramos la contradicción, el umbral.

Y al final cuándo estamos cómodos con la sombra, se nos lleva de nuevo al interior, a una habitación color pastel con olor a suavizante en la que alguien nos da la espalda, parece que duerme. Todavía hay algo vedado, algo a lo que no podemos acceder. El aplique de flores en su camisa sugiere un jardín interior que funciona como pasadizo al recuerdo ¿o tal vez a un sueño? Tita está pequeña y se encuentra en medio de la naturaleza nocturna, aunque se cubre la cara, parece que convive con ella -y tal vez con su naturaleza propia también- en paz. Su perro la mira y ella mira la oscuridad, con curiosidad, sin miedo. Afuera de esta noche hay un día que los cubre y atrás una casa real se esconde en la penumbra, ahora amigable. La carta del padre de Fabiola y Tita cierra la narración con el golpe de realidad que nunca dejó de tener la historia y que inteligentemente se tejió con la aventura. Y de nuevo unos pies -tal vez de una niña- sucios de camino, nos recuerdan que no tenemos certeza de nada, no sabemos si estamos dormidos o despiertos o si la vigilia es un sueño como lo dijo Borges, o si hay un solo soñador.

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Texto realizado por Liliana Merizalde - Instagram - lilianamerizalde@hotmail.com

Imágenes: Liliana Merizalde


Datos y enlaces externos sobre este fotolibro.

Datos de Publicación

Autora: Fabiola Cedillo

ISBN: 978-9942-21-917-6

País: Ecuador

Edición: Fabiola Cedillo & Tono Mejuto

Diseño Editorial: Numeral.

Dibujos: Tita Cedillo

Producción: Imprenta Monsalve - Impreso en Cuenca Ecuador.

Donde Comprar:

Nota: Este fotolibro en Colombia no se consigue, sin embargo, si quieres consultarlo contáctanos a info@dobleespacio.com