Every Night Temo Ser la Dinner

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Every Night Temo ser la Dinner es un libro nocturno, escrito en pocho por Sofía Ayarzagoitia. Las fotografías surgen de la confrontación de esta artista mexicana con su vida de exiliada en la ciudad de Madrid. Al tratarse de un libro de fotografía, los retratos y los textos que lo componen crean un curioso enramado de situaciones cotidianas que el lector debe interpretar.

Más que un diario o una novela gráfica, este libro es un relato psicológico, un laberinto fotográfico de la vida de Sofía Ayarzagoitia durante su estancia en una de las capitales europeas. El libro tiene impresa en la portada la fotografía de un inmigrante acostado sosteniendo una patilla abierta. Con esa imagen y un relato de una memoria por mucho tiempo contenida el editor Gonzalo Golpe y el diseñador Nerea García Pascual de N2 estudio, le dieron a Every Night Temo ser la Dinner el valor de una confesión. En esa primera foto aparece Mbagne, el amante de Sofía y su futuro amigo. Él es el hombre que posa acostado en una cama, cubierto de cobijas de colores al interior de un cuarto de paredes manchadas, el primer contacto con el que el lector se adentra en la vida de Sofía y el personaje principal de la obra.

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Esta decisión editorial y gráfica son primordiales para entender la intención del autor y entrar en contacto con su intimidad. Es también lo que explica que después de una imagen en la portada, venga el momento de la narración. El primer texto que da inicio a la historia íntima de Sofía es un recuerdo, un momento que es el que ha despertado la necesidad de recordar toda una serie de vivencias en ese espacio íntimo que en el libro aparece como purgatorio. “Teníamos hambre. No había nada que comer excepto por un melón”. Desde el principio, ese espacio interior, la casa, los cuartos y la noche se convierten en el lugar del subconsciente, el espacio en donde la fotografía puede exponer a la luz el cotidiano de quienes luchan todos los días por vivir al margen de la sociedad.

Cada capítulo contiene un nombre o una frase corta con la que Sofía da inicio a una serie de retratos sobre su relación íntima con algunos amigos con los que compartió sus noches.

Entre los personajes están: Mbagne, la rata Gustav, El pollo crudo, El hombre elegante Popeye “cabeza de reptil”, los dos perros negros Alexander Babudaniel Michael Munwok y Samba “el hombre sin cabeza”. Todos esos son los animales y los amigos con los que Sofía comparte el hambre y el miedo, las dos condiciones del exilio. Ellos son los personajes de ese teatro del absurdo, real y fantasmagórico de una vida marginal.

Muchos de esos personajes no duermen en la noche. Sus dudas surgen y se despiertan cuando cae el día. Algunos le dicen asustados a Sofía que deben correr y correr sin descanso, sienten que los helicópteros los persiguen, dicen que quieren llevárselos; otros le confiesan tener miedo al ver a los niños echar piedras al mar; otros le preguntan, desafiantes, si lo de ella es un juego. El exilio fotografiado está hecho de imágenes inconclusas, de momentos de confusión y miedo.

Lo interesante de este tipo de fotografías que desplazan el discurso directo de algunos fotógrafos de guerra al mundo íntimo, es que ninguna de esas imágenes por si sola puede expresar la complejidad de esos recuerdos. Es necesaria la narración para que esas vivencias dispersas empiecen a tener algún sentido. La estructura del libro da una serie de claves de lectura: primero está la confesión, luego los retratos de los personajes, en medio están sus diálogos y al final quedan algunas imágenes del calvario, el espacio donde todos esos encuentros se han dado.

Si bien esas imágenes deben ser leídas en conjunto, cada una de ellas tiene una singularidad que no viene de su propia esencia, sino más bien de la presencia discreta del fotógrafo detrás de cada una de ellas. La fotografía no sólo la expresa su contenido, está también quien mira, quien se acerca y quien retrata. Todo en este libro se resume a una aproximación, al acercamiento brutal de Sofía a su propia realidad, ese instante de reconocimiento en el que el fotógrafo es quien dispara abruptamente su flash sobre esos personajes, con la violencia del cazador de animales, para hacerlos entrar en ese universo de la fotografía y compartir con ellos esa la decadencia y la intimidad de una vida sin rumbo alguno.

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Pero hay algo más, una clave importante en el libro que la mirada minuciosa de un lector puede hacer para entender el sentido profundo de esta confrontación del fotógrafo con el caos de su vida diaria. Detrás de ese lenguaje fotográfico instantáneo, de esos momentos sin otro orden que el de una serie de capítulos más o menos azarosos, detrás de esas fotografías sin mayor esencia descriptiva, es el juego de las formas el que establece discretamente un lenguaje común entre las imágenes. La secuenciación que un editor como Gonzalo Golpe ha integrado al libro es un elemento integral de este libro y no debe ser olvidada. Cada imagen ha sido escogida con cuidado. Su posición en el libro tiene siempre una razón de ser. No importa si la elección ha sido intuitiva o racional. Uno se pregunta, ¿qué es lo que hace de estos personajes, seres dignos de una tragedia moderna? ¿Qué es lo que hace que uno como lector pueda ir más allá del subconsciente del fotógrafo y empiece a establecer un contacto más profundo con ellos, con su desgarrado presente sin sentido?

Cada capítulo describe una relación. Los personajes que aparecen en esas doble páginas, esos amigos de Sofía también tienen una aproximación con el lector. Las series de retratos establecen con el lector el mismo juego que el fotógrafo estableció con ellos al retratarlos. Sus miradas no son directas, muchos de ellos le huyen al lector de cierta forma. Cuando el fotógrafo se ha acercado lo suficiente, la imagen aparece fuera de foto, como si existiera un límite en la relación que cada personaje tiene con quien lo mira. Algo así como si esos personajes estuvieran ellos mismos jugando a las escondidas, huyendo de ese momento de confrontación con esa mirada demasiado intrusa. Una posible lectura de ese libro es pasar rápidamente las hojas hasta llegar al final, intentando descubrir la esencia de esos gestos, entendiendo de forma intuitiva cuál ha sido la aproximación que el editor y los diseñadores han querido darle a la obra. Sólo en ese momento de contacto con quien mira se puede percibir la intención del fotógrafo. Ese es finalmente el objetivo de quien edita, que al final del libro el lector haya podido ponerse en los zapatos del autor.

Después de ese primer repaso rápido del libro, se impone una segunda lectura. Y es que este libro como otros contiene una serie de asociaciones visuales y formales entre las imágenes que son más difíciles de detectar para el lector. Hay que pasar mucho tiempo con el libro, leyéndolo una y otra vez hasta que esos detalles de forma empiezan a manifestarse. En el capítulo sobre Popeye, “Cabeza de reptil”, aparece este personaje arreglando un sistema eléctrico. Muchos de sus retratos lo muestran de espaldas, agachado poniéndose una camisa o recogiendo unos papeles del piso, como si en su movimiento estuviera siempre en contorsión, buscando el techo o el piso. Ese lenguaje aparece únicamente por la forma como han sido reunidas las fotos, una detrás de la otra. En medio de esa serie, Sofía cuenta cómo lo conoció, el peligro que tuvo que afrontar con él. Todo parece un juego, un combate con la autoridad, un juego entre dos animales de pelea. Ese el perfil que el editor dibuja de un hombre que Sofía recuerda en su diaria lucha por sobrevivir.

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Libros como estos, hechos de retazos de imágenes y de recuerdos, son difíciles de narrar sin la existencia de una estructura editorial o gráfica que dicte el inicio, el desarrollo y el fin de una historia que en principio no la tiene. Más allá de la instantaneidad, de la imagen- grito, está el recuerdo narrativo, está el acto con el que se inician y se terminan esas historias. En este libro la construcción editorial es la que dicta la pauta. Es ella la que rompe con la barrera de lo inconsciente y de lo incomprensible.

Si uno tuviera que comparar el texto y sus imágenes de Every night temo ser la dinner es como si, detrás de ese confuso dialecto de inglés y de español, la jerga en la que el autor se expresa constantemente, estuviera el sentido de las palabras. El hijo de un mexicano nacido en Estados Unidos ha perdido un poco de la memoria de su país de origen. Su idioma es la expresión clara de esa hibridación con la que se expresa, es el reflejo de su identidad compartimentada, fragmentada. Lo mismo sucede con las imágenes de este libro. Detrás de esos instantes, de esos momentos de acercamiento que revelan lo que la noche quiere esconder, están los recuerdos en gestación y la necesidad de un fotógrafo por darle coherencia a una vida de azaroso ir por los confines de la ciudad de Madrid, en casas donde en la noche se vive con el vértigo.

Este tipo de fotografía no es única. Otros fotógrafos como J.H Engstrom, Michele Sibiloni y Tiane Doan na Champassak, han narrado sus experiencias de vida desde lo íntimo. La esencia de sus relatos está en la liberación fotográfica del cotidiano con toda la violencia que él contiene. Es como si la realidad se resistiera ser contada desde dentro de quien la vive. De algún modo Sofía hace parte de esos fotógrafos que han querido adentrarse en las vidas de quienes están viviendo la vida como si estuvieran caminando al borde de un precipicio. Cada instante es un momento de tregua con la vida.

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En este libro Sofía ha dejado de valerse de su memoria para darle a la cámara desechable y al flash disparado en la noche, la posibilidad de registrar ese instante para revelar esos instintos, esos gestos y esos actos que sólo el subconsciente puede descifrar. Lo que probablemente había sido pensado como el registro cotidiano de una inmigrante mexicana se convierte en el reflejo del subconsciente. La realidad se asemeja más a una ficción, al relato entrecortado de unas vidas que la mente ha tomado por dueñas. La única forma de conectar con esas otras vidas es a través de ese acercamiento de la fotografía. Pero entre uno más se aproxima a la intimidad de la vida de Sofía esa realidad se hace más y más incomprensible. Lo angustiante no es tanto el peligro de esa marginalidad, ni la presencia de la muerte sino más bien la dificultad de vivir como el cazador, en búsqueda de esa experiencia límite que lleva a quien mira a caer cada vez más atrapado en la espiral infernal del miedo. La fotografía es quizás uno de los raros instrumentos que puede ser testigo de esos momentos de embriaguez que se viven cuando se está tan cerca de la muerte.

LAURA CARBONELL
https://puntodefugabogota.com/
Carbonellreyes.pdf@gmail.com


Datos y enlaces externos sobre este fotolibro.

Datos de Publicación

Autora: Sofía Ayarzagoitia

www.sofiaayarzagoitia.com/

Editor: Gonzalo Golpe. Editorial: La Fábrica. Paginas: 160

Tamaño: 16,5 x 24 c

ISBN: 978-84-16248-76-6