Al otro lado.

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Entre muchos conceptos aprendidos o reconocidos en la escuela recuerdo particularmente los conceptos de límite y de frontera. Maravilloso me parecía como la frontera superaba el concepto de límite, podían convivir, casi uno dependía del otro, pero la frontera de alguna manera se atreve más, se arriesga a ser varias cosas e inclusive se arriesga a no ser nada. El límite se presenta como una simple línea que separa dos territorios, la frontera vive en la periferia, en ese espacio que se constituye como una convención o como un acuerdo, realmente no tiene una línea que defina su final, inicia en el límite y crece bidireccionalmente sin llegar a una línea claramente definida. El límite me parecía súper interesante, ¿cómo pasar una línea y estar en otro lado? Regularmente no hay mayor diferencia entre un lado y el otro y esta ambigüedad configura la frontera.

Al otro lado es un fotolibro del ecuatoriano Misha Vallejo que se mueve en una triple frontera entre la fotografía, el documental y el arte. Narra en los detalles la cotidianidad de Puerto Nuevo, un caserío del lado ecuatoriano en la frontera entre Ecuador y Colombia, poblado en su mayoría por colombianos que se han desplazado ante las circunstancias sociopolíticas del país y que seguramente al otro lado, al lado colombiano, llegaron desplazados por estas condiciones en búsqueda de mejores horizontes, de mejores espacios de vida. “No parece Ecuador, no parece Colombia, es como un limbo, casi” decía Misha cuando iniciamos una conversación al respecto de este lugar. Fue fundado en 2001 por colombianos desplazados, con una presencia mínima del Estado, con un pozo petrolero en medio del caserío, con tres soldados del ejército ecuatoriano que llegan cada quince días acompañando la repartición del gas. Cuenta con un presidente que representa al poder ejecutivo, don Juan. La frontera es casi tierra de nadie, de las petroleras, de los actores del conflicto, de las personas que a pesar de su condición migratoria llegan para quedarse el tiempo que sea necesario; sus casas precarias están cargadas de sí mismos, de su historia, de su colombianidad.

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Misha, un joven quiteño, inquieto por el concepto de frontera encuentra en las noticias de las fumigaciones a los cultivos de coca en el lado colombiano una oportunidad para abordar este fenómeno en un lugar particular. Llega a este territorio, hasta ahora desconocido, en el que encuentra a un grupo de colonos que van tras otro de estos “dorados” prometedores que se derrumban y reconstruyen, un sueño que pasa al otro lado. Personajes como “La Paisa”, de quien me hablaba Misha me hace pensar en historias de personas o grupos que se han desplazado por el territorio colombiano por diversas situaciones, huyendo de condiciones de violencia de diferentes tipos como la política o económica, en general buscando mejores oportunidades, tierra para cultivar, empleo o posibilidades de negocio, siempre con la promesa de mejores condiciones. Como nómadas que buscan la tierra prometida, ellos cargan pocas pertenencias, cosas para sobrevivir, pero que los mantengan arraigados a sí mismos, a su familia, a un ideal; desde el álbum familiar hasta una casa que desarman del lado colombiano para rearmarla en el lado ecuatoriano, una casa que seguramente se ha armado y desarmado muchas veces.

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Después de un viaje de unas 7 horas llegó a Puerto Nuevo, primero conoció a don Juan, un colombiano cálido como el piedemonte amazónico, respetado por la comunidad por su condición de presidente, de líder. A don Juan le contó del proyecto, que era personal, que no era periodístico, le pidió ayuda para conocer a los demás pobladores quienes lo recibieron con la misma calidez de don Juan y lo dejaron entrar con sus dos cámaras a sus casas, un poco a sus vidas. Las casas rusticas de madera, como sin terminar, como de paso, pero por dentro siempre organizadas acogedoramente, llenas de detalles, con algunos patrones que se repetían de casa a casa, con la sensación de que no sucede nada, con la tensión de que algo puede suceder y al final no sucede.

Fueron tres visitas, la primera de reconocimiento, exploratoria; la segunda con búsquedas más claras y la tercera con búsquedas puntuales, “detallitos”. Entre una y otra habían periodos largos de edición, de discusión con colaboradores, de tránsito por las fronteras del lenguaje, de los formatos, pasó de ser pensado como un proyecto multimedia a ser un libro, uno en la frontera.

Al cabo de un año y con un machote en la mano regresó a Puerto Nuevo y compartió con los pobladores su trabajo, la gente era feliz viéndose en el libro, era un nuevo álbum, uno del pueblo, uno que era del otro lado, pero que lo retrataba en la nostalgia que siempre estaba presente, en la frontera que geográficamente los ubicaba en un lado pero que los tentaba siempre a tomar caminos como los de “La Paisa” que ya había regresado al otro lado.

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La edición final del libro la realiza luego de graduarse de la maestría en Photojournalism and Documentary Photography at the London College of Comunication donde presentó el machote como proyecto final. Al regreso a Quito gana una beca para la impresión del libro y en esa misma semana decide tomar un taller con Claudi Carreras. Claudi conoce el machote, le gusta mucho el proyecto y deciden trabajar juntos en la edición con la editorial Madalena manteniendo la estructura pero perfeccionando los detalles, dejando ir algunas fotos amadas y asumiendo que “la historia es más importante que la foto”.

Al otro lado es un fotolibro que merece y precisa de muchas miradas, como un lugar que puede ser muchos; como una frontera, de espacio, de tiempo, de lenguaje, de formato. En una primera mirada se podría pensar que está en obra negra, que no está terminado, que se ven sus costuras, que el papel es burdo, que la cubierta no lo cubre totalmente. Es como un espacio de la frontera, que debe ser sencillo, porque se debe poder mover, porque debe ser práctico, funcional, rápido; pero al mismo tiempo, con cuidado se ve la complejidad de lo mínimo que se hace grande, el mantel que apenas cubre una vieja mesa endeble pero suficiente, ese que da un estatus diferente a la madera, el arma de juguete, esa que habla de lo que cotidianamente pasa y se teme.

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Al abrirlo el río aparece, el límite, en miradas tímidas el pueblo se descubre y poco a poco nos va introduciendo en un espacio que se muestra en su cotidianidad, en su monotonía. Casi podemos ver un día en unas pocas páginas hasta encontrarnos con un descanso que se interrumpe con una foto suelta, una de archivo, una postal, como de álbum familiar, limpiamente impresa pero con los rastros del tiempo, de la humedad. Las imágenes están sangradas, cortadas como si se conectaran con más, con ellas mismas, burdas, delicadamente burdas. Después de esta imagen nos adentramos en espacios más íntimos, de familia, cotidianos, insistentemente narrados desde los detalles en imágenes que se conectan y aunque son independientes parecen una sola. De nuevo un descanso y otra postal, la cotidianidad, el detalle, no uno de familia, uno más general, de niños que juegan y se apropian de los espacios más allá de sus casas hasta que encontramos una nueva postal. Una nueva intimidad aparece, una de familia, con nuevos espacios, con nuevos personajes, con puntos en común que hacen creer que podemos seguir en la misma foto. Al final, otra postal, llega la noche y la cotidianidad se matiza, cobra una nueva vida, todos se encuentran, los niños en la calle, los adultos en la discoteca, en las iglesias, otra cara de la monotonía que se cierra nuevamente con el caramelito, con la postal, con la memoria del otro lado.

Hoy sigo mirando el libro y encontrando los detalles, no es fotoperiodismo, no es trabajo para galería, se puede uno imaginar una vida por fuera del libro, se puede sentir la magia de lo rústico y sucio del espacio, se puede abrir muy bien para disfrutar el sangrado de las imágenes. El color, la textura, el papel, todo habla en este libro donde vemos esa Colombia amazónica, difícil, de sueño, que vive en la frontera y que añora su sueño del otro lado, de este lado.

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XOCHILAN ROJAS M.
xochilan@gmail.com


Datos y enlaces externos sobre este fotolibro.

Datos de Publicación

Autor: Misha Vallejo
www.mishavallejo.com

Editorial:
Madalena - www.estudiomadalena.com.br

Edición:
Misha Vallejo - Claudí Carreras.

Diseño Gráfico:
Mariana Lara Resende.

Impresión:
1010 Printing Group - China 2016 - www.ogprinting.com

Tapa blanda con sobrecubierta, 116 páginas, con 55 fotografías en color y 5 postales. Incluye un ensayo del artista. En una edición de 1000 copias.

ISBN 978-85-69557-09-8