‘Rrecuerdo’, un pedazo del Caribe en Bogotá

Quisiera hacerle una propuesta al lector y es la siguiente: plantearle un dialogo atrevido y poco convencional entre Ud. como lector, Gabriel Linares el autor del fotolibro Rrecuerdo que nos contara su historia a través del texto que se encuentra en su página gabriellinaresl.wordpress.com, algunas imágenes del libro Rrecuerdo y yo. Al final del texto todo se decantará en su cerebro.

Autor, Gabriel Linares, 26 de junio 2017

Rrecuerdo es un foto-libro que expone aquellos ritos cotidianos que en la vida de Manuel Antonio Ramos Díaz y su familia, ya no pueden ser: recordar las voces de los familiares queridos, el olor de la casa habitada, la sensación de un hogar seguro y sobretodo, completo. De estos hábitos perdidos, asociados a la memoria de este sobreviviente de mina antipersona, se nutrió la presente serie documental. Los objetos acá están cargados de la vida de los sujetos y los sujetos se enredan entre sí, doliéndose en las desazones y en las pérdidas que no han confesado.

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La primera aproximación al libro es a través del objeto como tal, dado que este es el vehículo seleccionado por Gabriel para contener su narrativa. El libro es el objeto observado y revisado bajo mi óptica, inicia con una cubierta amarilla color oro o sol, en ella está inscrito el texto Rrecuerdo y la caligrafía que me conecta con un ser humano. La contra cubierta es un mapa básico al carbón en el cual leo entre otras palabras, la teta San Lucas y la mina. Esta cubierta es contenedora de tres cuadernillos cocidos a mano. Lo acompaña una hoja doblada de información y la grapa que comprime todo lo anterior para tratar de mantener todo en orden. Y 38 imágenes y algunos espacios en blanco algunos con textos del autor y otros no. Todos estos elementos me aportan más del 50% de la información. Todo tiene un sentido en el contexto de este proyecto, por ejemplo el amarillo podría hablar metafóricamente del sol y el oro.

 

A Manuel Ramos Díaz lo conocí el 23 de agosto de 2016. Ese día, la Alcaldía de Bogotá desalojó a 250 desplazados que vivían en un campamento construido en zona de invasión, cerca de Monserrate. Esa misma tarde Manuel, su esposa Yorladis y sus tres hijos Andrea, José e Isabel, se mudaron a un alojamiento paga diario cerca de la Plaza de Bolívar. Un lugar sórdido de paredes azules donde viven hombres solitarios y familias venidas de la Costa Caribe.

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Tal vez la grapa el objeto más molesto y significativo del libro. Es la opresión del devenir de la existencia, es ese código indescriptible pero existe, que no da espacio a la libertad del ser, pues todo lo contiene, es el concepto de destino, insensible e indolente. Es el hilo que sujeta la marioneta. Cuando liberas el libro de la grapa todo se relaja y cobra otro sentido.

 

Por la tarde Manuel me contó su historia. Que había sido minero en el Sur de Bolívar y que, además, él era una de las casi 12.000 víctimas de minas antipersona que están registradas en Colombia. En ese momento noté que tenía una prótesis en la pierna derecha. Luego del accidente a Manuel le creció el pie derecho: él calza 38, pero a su prótesis solo le entran zapatos talla 39. También me dijo que había sido fotógrafo de pueblo y que la cámara Pentax que utilizaba en sus correrías por el Caribe se la había regalado un comandante del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Ese grupo armado sembró el explosivo que pisó Manuel, por eso la guerrilla intentó repararlo de forma material, con el propósito de ganarse su silencio.  De ahí en adelante su vida ha sido un largo peregrinaje por distintas regiones de Colombia: Santander, Córdoba, Bolívar y Bogotá.

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Es particular el acto valiente de los editores cuando emparejan las imágenes y estructuran su secuenciación. La sensación que generan es un caos, el cual es sostenido por la secuencia de las imágenes. Las imágenes del libro van y vienen a veces como entes independientes y se dificulta la comprensión de la historia pues no es una historia lineal, me recuerda a Frederic Jameson que declaró en 1989 que la paranoia es uno de los principales patrones culturales de la narrativa postmoderna. Es aquí en el concepto de paranoia donde todo se conecta y surge la narrativa que permea la historia.

 

Cuando Manuel terminó de hablar de su pasado me quedó la sensación, que este hombre tan afectado por la guerra, ha construido muchos techos con las manos. Mientras él mencionaba algunos pueblos del Sur de Bolívar donde vivió, como La Pacha, El Sudán y Alto Rosario, recordé una frase del cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos: “los asesinos nos enseñan a punta de plomo el país que no conocemos”.

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Es interesante como los editores plantean un dialogo en su libro, entre las imágenes de su autoría e imágenes de archivo de los de los protagonistas. Las imágenes de archivo tomadas por los protagonistas son increíblemente potentes que llevan a un delirio insoportable dada su deconstrucción. Este dialogo no es fácil decodificarlo.

 

Como al mes, Manuel me mostró su álbum familiar. Después de ver esas fotografías perforadas por la humedad, cuarteadas y refundidas en una bolsa roja, tomé la decisión de contar su historia en este foto-libro. Esas imágenes me recordaron, en la anatomía de otro, lo poco que sé del dolor.

En octubre del año pasado Manuel empezó a trabajar en un pequeño taller de calzado deportivo fabricado tenis que eran imitaciones de grandes marcas. Los cuatro obreros del lugar conversaban, se reían a carcajadas y escuchaban música mientras iban armando tenis. Manuel me dijo, que le gustaba tener a sus compañeros de trabajo cerca porque recordaba que en su época de minero engañaba a la soledad emitiendo sonidos con un cacho de vaca, para que los otros mineros se percataran que estaba vivo y viceversa. Para él y sus colegas montañeros, ese sonido gutural proveniente de un cuerno era como darse las “buenas noches”.

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La narrativa me lleva más allá generando a través de una serie de desconexiones y sucesos aleatorios e imágenes sin sentido, consiguen implantar un espacio en blanco donde los delirios, las conjeturas y las tramas cobran sentido. Todos estos elementos consientes o inconscientes generan una profunda desazón y solidaridad humana.

Tres cuadernillos que cuentan la historia de 6.000.000 de colombianos desplazados, con un matiz distinto pero en esencia es la misma.

En este caso la puesta en escena de algunas imágenes del fotógrafo, son una recreación ficcional. Esta imágenes que recrean el olor a Caribe, susurros de acordeones y historias ajenas, realmente no logran esta conexión, lejos está sentir el chispeante sol de mediodía tropical ni su calor. El autor utiliza una metáfora visual, para contextualizar la historia.

 

Desde que conozco a Manuel ha trabajado alquilando lavadoras, soldando metal y haciendo calzado. “Lo mío no es pegar zapatos, lo mío es buscar oro” me dijo hace poco. Ahora, el minero que arma zapatos trabaja en un taller donde se fabrican botas industriales, y no tenis. Hoy vive con su familia cerca al barrio Las Cruces, en una casa hecha de material, que está encajonada entre dos montañas.

La última vez que lo visité, Yorladis preparó chocolate hecho con cacao traído de La Costa. Se lo mandó su mamá, desde Sucre. Mientras sorbíamos los pocillos, Manuel contaba, que en Mompox (Bolívar) al ron le dicen ‘Guazapa’ y “los buenos días” se los dan con una taza de guarapo en la mano. Allí, sentados en la punta de la cama, me dijo que “el oro se esconde cuando la persona es muy mala ley”, es decir, tacaña; que “cuando uno tiene relaciones sexuales dentro de la mina, el oro se pierde” y que en Semana Santa no se trabaja.  De unos parlantes rojos salía una canción triste de Diomedez Díaz y flotaba en el ambiente un olor incierto a frutas podridas y a aguardiente de la víspera.

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Un cuerpo mutilado,

una familia con pierna ortopédica,

12.001 mutilados en Colombia.

Otra familia sin casa y sin tierra,

en este país tan grande y bello de,

6.000.000 de desplazados. 

Nadie lo puede creer,

Ya no tienen donde poner el colchón,

 ni donde montar el almuerzo,

ni donde posar sus sueños y sus amores.

Manuel Ramos Díaz estaba allí, sentado en la cama, frente a mí. Ha sobrevivido. A medida que uno se hace viejo quiere dejar un testimonio y vuelve sobre los pasos perdidos. “Recordar es traer de nuevo al corazón”, dicen por ahí. Cuando a uno no le queda menos, evoca. Todo estaba concluido. Parecíamos rodeados por fantasmas. Manuel continuó invocando su pasado. El viento movía sobre el piso un cucurucho de papel periódico.

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Solo desde la paranoia y el delirio podemos abordar este libro, que va más allá de la historia de los protagonistas, se vuelve una historia común de un país, y tiene la intensidad de volverse un asunto global.

Muchos matices rescatables y muchos otros todavía en construcción y otros ignorados, es el primer libro de la Editorial Croma taller visual. Espero ver la evolución de esta editorial colombiana plasmada en un nuevo libro.

 

Esa tarde me fuí para la casa con una ‘arepa costeña’ guardada en el morral. Mientras caminaba de regreso, tuve la sensación de que llevaba en mi espalda un pedacito del Caribe.

Bogotá, mayo de 2017_ gabriellinaresl.wordpress.com


AGUSTÍN ZULUAGA OLARTE


Datos y enlaces externos sobre este fotolibro.

 

Datos de Publicación

Autor: Gabriel Linares https://gabriellinaresl.wordpress.com/

Editorial
Croma Taller Visual

Edición: Gabriel Linares, Zully Sotelo, Alejandro Moreno, Santiago Murillo y Jorge Panchoaga.
Diseño: Alejandro Moreno y Santiago Murillo.

Impresión: Torreblanca A.G. Bogotá, Colombia.

Tapa blanda, con grapa y cuadernillos cocidos en máquina y una hoja doble.

23×16.5 cm. En color, 34 páginas, 38 imágenes, 3 cuadernillos. Impresión, offset.

¿Donde Comprar?

croma.informacion@gmail.com

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