Jardines

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Empezaré por el principio analizando el título de Jardines de Valeria Giraldo. ¿Qué es un jardín? Puedo definir un jardín como un ecosistema dispuesto por el hombre a partir de elementos orgánicos (principalmente plantas y flores). Quien diseña el jardín se apropia de elementos del medio ambiente y los ensambla a su gusto en un espacio controlado. Este acto devela una tensión entre la admiración que el humano siente por la naturaleza y el deseo de verse reflejado en ella.

 ¿Por qué tenemos esta necesidad de coleccionar y poseer todo aquello que nos desarma y que nos mueve a nuestro alrededor? No nos basta con dejarnos cautivar por la experiencia, aceptado su transitoriedad intrínseca; entendiendo que aquello que despierta nuestros sentidos, puede ser en sí mismo, sin la necesidad de nuestra existencia. En cambio, lo volvemos objeto del deseo: anhelamos materializarlo para poder consumirlo. Reafirmamos sin cuestionamientos la ilusión de que el control puede alivianar nuestra angustia existencial. Asfixiamos esa alegría inicial con la obsesión de poseerla.

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Los jardines en este libro los asocio con la intimidad. No es casualidad que la portada sea un retrato de Valeria en un interior con plantas. Tampoco es casualidad que las plantas a lo largo del libro: balazos, ratoneras, bore, nopales, heliconias, palmas y demás, sean especies tropicales. Todas pueden ser encontradas en los paisajes de Colombia y en los jardines de sus casas.

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Al extraer una planta de su medio natural para ponerla en un jardín, veneramos su existencia. La armonía lograda en el entorno artificial puede ser más plástica que el caos de la naturaleza misma. La maceta, contenedor de esta vida, y las condiciones óptimas propiciadas por el entorno controlado, pueden acentuar la divinidad de la planta. Al alejarla de sus depredadores y al darle la luz y el alimento en intervalos y medidas perfectas, la planta puede crecer y resaltar más de lo habitual. También puede morir si la dejamos de atender o si fallamos en algún paso del procedimiento. Sea bello o no el resultado de esta domesticación, lo inquietante es que de-formamos y re-formamos la planta para moldearla a nuestro gusto y capricho, revelando la plasticidad de la vida misma.

 Como la apropiación de estas experiencias estéticas no nos llenan, pasamos a codificarlas en recuerdos intensos. De nuevo ensamblamos y modificamos estos fragmentos a nuestro gusto y semejanza. De ahí que pasando las hojas del libro una asoleadora pueda parecer la maceta o contenedor de un cactus, y que una hoja de bore, en vez de servir como alimento para las gallinas pueda pasar a ser la sombrilla de una mesa verde con sillas en forma de flor. Pero esto tampoco es suficiente, la codicia nos lleva a querer materializar otras capa sobre lo ya hecho: naturaleza hecha jardín, hecha recuerdo, hecha foto digital, hecha recuerdo de la imagen, hecha impresión de foto con acabado brillante de dimensiones y look típicas de un álbum familiar... Anillamos las fotos de tal forma que si lo quisiéramos, la secuencia del libro no tendría principio ni final. Así mismo, una vez anilladas, las fotos tampoco podrían escapar de este nuevo objeto al que fueron asignadas, al menos que fueran liberadas adrede por alguien, o que fueran leídas por distintas personas, luego analizadas en texto, luego vueltas a fotografiar para ser montadas en una página web que a lo mejor termine viendo la misma Valeria Girlaldo, perpetuando infinitas copias y capas de trans-codificación de información.

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Ahora bien, no toda la reflexión sobre la naturaleza del jardín tiene que girar en torno al cinismo. No todo tiene que ser tan complejo. Al igual que este espacio, todo es doble (pésimo chiste) y a final de cuentas lo que introducimos a nuestro jardín es algo que atesoramos y resguardamos con vehemencia. El jardín, siempre y cuando sea cuidado, trae vida y oxigena.

Algunas personas aspiran a la perfección en su jardín: lo podan y arrancan todo aquello que consideran que atenta en contra de su pulcritud y reputación. Desde aquella falsa seguridad que esto les brinda, señalan todo lo grotesco y caótico a su alrededor. Otras lo cercan y con miedo intentan detener el paso de cualquier intruso (aquí puede ir foto de rosa con púas). Otras permiten que las espinas y enredaderas crezcan tanto que se invierten los roles y la planta se alimenta de su huésped de manera parasitaria. Como todo, entre el jardinero y su jardín debe haber un fino balance, de lo contrario uno termina arruinando al otro. En fin…

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Mi abuela dice que una casa sin flores es un espacio triste. Y tú, ¿Cómo adornas tu interior?


Texto de Ana Cristina Vallejo - anyvallejo@gmail.com


Datos y enlaces externos sobre este fotolibro.

Datos de Publicación

Autora: Valeria Giraldo Restrepo 

Editorial: Jardín Publicaciones

Páginas: 28

Medidas: 12 x 17 cm

ISBN: 978-958-48-0765-6

Primera edición 2017

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