Colombia Inédita

Colombia Inédita - Fotógrafos Colombianos - FOTOLIBROS COLOMBIANOS

Hace años compré Colombia inédita. Lo encontré en las calles del centro de Bogotá, de segunda. Me compré la primera edición, con mucha emoción. No recuerdo si pagué, veinte, treinta o cincuenta mil pesos por el libro. Solo recuerdo la caseta en medio de una feria que se realizaba en una de las plazas del centro de Bogotá. Había visto el libro de Santiago Harker años atrás, lo había sacado de la biblioteca Luis Ángel Arango y había quedado realmente fascinado. Me acuerdo de verlo sentado en la cama de mi cuarto, sobre una cobija roja. Mi hermano mayor pasaba por ahí mientras yo abría la boca y le decía sorprendido: “mírate ésta… que duro este man…píllate esta otra” Le señalaba una imagen donde se ve una pared de ladrillo, que enmarca una ventana sin marco ni vidrio, al fondo una niña camina, un par de pantalones y camisas se ven colgadas, una vaca pasta, hay un tronco de palmera, un hombre en pantaloneta camina y, al fondo, una montaña y el mar. Cerré el libro ensimismado, en ese momento no entendía la foto en relación con otras fotos, ni los libros, ni mucho menos el asunto de hacer proyectos, de hacer una secuencia o de contar en imágenes. Ahora pienso que tampoco esta resuelto, pero sigo aprendiendo con espacios como éste que leo constantemente y con todo aquel que este dispuesto a compartir lo que sabe.

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Con los años conocí a Santiago. Lo escuché dando clase. Lo vi trabajar. Y escuché sus historias sobre cómo había hecho cada uno de sus proyectos. Hizo el trabajo, en parte con una beca que ganó de lo que en la época se llamaba Colcultura; viajó a diferentes lugares visitando parques nacionales y él mismo hizo la maqueta y el diseño de buena parte del libro. Con los trabajos siguientes hizo lo mismo: construir sus propios discursos.

En Colombia inédita, me contó algún día, había decidió trazar un camino a lo largo de las páginas: una geografía de montaña que parte de las alturas, la nubosidad, la niebla, hasta llegar a la orilla del mar, es una geografía física que se desarrolla sobre el papel y que se mezcla con la humana y tiende puentes entre las gentes, sus paisajes, el absurdo y su universo narrativo. Desborda la lógica de identidad nacional y folclor, aunque aporte a ello, aunque lo señale, aunque el mercado de la época lo solicitaba.

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Paréntesis 1

Del mercado de épocas, de industria, de qué se consume y se vende seguimos hablando, aunque haya cambiado la forma o aunque nadie tenga la formula. Villegas editores fue y seguramente sigue siendo, para la comunidad del país, el referente obligado sobre publicaciones y libros de fotografía. Sembró, cuidó, aportó, desarrolló y ayudó a construir una industria de mercado de libros fotográficos que había prosperado a lo largo de todo el mundo. El libro de mesa que se consumía turísticamente para conocer, compartir y adentrarse en las diferentes culturas y matices de un país, se constituyó como angular a lo largo de la región en un mercado que aportaba a la identidad nacional de cada territorio. Montañas, gentes, flores, casas, productos de exportación, nevados, lagos, luz, animales, aves, cascadas, sombra y naturaleza, constituyeron el ser imaginado, el territorio soñado, la luz esperada, el viaje perfecto, el ser colombiano o de cualquier otro lugar. Ese ser imaginado, ese territorio imaginado, se convirtió en estética, en deseo, en una forma de entender la realidad y de acercarse a ella. De Colombia Inédita, pasamos a Colombia mágica, a Casa colombiana, a Colombia invisible, Orquídeas colombianas, Caminando Colombia, etc, una editorial configuró otra y otra, hasta ocupar todas las posibilidades de acompañamiento que tenía la palabra Colombia. El mercado de la época lo exigía, los compradores de la época lo compraban, la identidad nacional del viajero que pisa tierras extranjeras lo obsequiaba, como obsequiar una parte de ese ser colombiano, como obsequiar café, pero no cualquier café, el café por el que nos conocen, no vendíamos la imagen de Colombia de los márgenes, al menos no la de los márgenes complicados, sino la de la luz en paraíso. La fotografía y los libros de fotografía de la época, trabajaban para ayudar a consolidar ese ser nacional que soñábamos en medio del caos de la guerra. Un ser jovial, ameno, gentil, colorido, rodeado de diversidad, belleza: paraíso tropical virgen y prístino. Ese mercado está en declive. Los compradores de esta época viajan menos, obsequian menos, y se venden menos libros de este tipo (eso sí, quizás se venden más que los libros contemporáneos de foto que nadie compra en el país); también está en declive vivir de estas publicaciones. Lo que sigue en pie es la educación visual de la comunidad a partir de estos libros, de lo bello a partir de la estética del libro de mesa y ese ferviente espíritu nacionalista que ensancha el pecho y nos hace olvidar de lo feo y de los problemas, tanto así que pasamos de los libros a los documentales en cine (no importa lo que encubra el discurso). Seguimos viéndonos imaginados en la patria soñada. Quizá sea posible imaginarnos desde otro lugar. Al final, ni la foto documental o de prensa deja de imaginar.

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Cierre de paréntesis

Vuelvo al recuerdo, al cuarto donde leía de foto en el 2007. Paso las páginas, veo las introducciones pomposas de textos con autores conocidos legitimando el trabajo de fotógrafos por doquier. Santiago hace esto, la mirada busca aquello, indispensable trabajo para entender tal, la foto nos recuerda, nos señala, nos muestra, la mirada del fotógrafo nos introduce, etc, etc. Recuerdo pensar por qué pasaba esto. Años más tarde entendería que era una lógica de la industria de la época y un caso latinoamericano (qué no sé si de más allá igual). La literatura y sus escritores habrían la puerta de las bibliotecas familiares legitimando el trabajo de otros (los fotógrafos), Monsivais en Mexico, Cortazar, al menos en un libro, en Argentina con ciertas variaciones en la propuesta de operar, pero en general duplas, que abrían la puerta. Necesitada la fotografía de partners de época para ser, para valerse a sí misma, para venderse y estar en una biblioteca; parece que intentándola impulsar, terminamos dejándola como menor de edad. Tragicomedia de las formas en que se desenvuelve la industria, ni críticos necesitábamos, solo escritores. Me gustan esas duplas de trabajo, lo que me disgusta es la forma de operar, no crean en conjunto, el texto es, ni más ni menos que una tarjeta de invitación que dice que vale la pena abrir el libro (¿en serio?) y que vale la pena ver lo que ha hecho el fotógrafo, que el man sabe lo que hace y el tema es interesante (triste necesidad de la foto y sus libros, imagino que ahora pasa igual con los críticos y las selecciones anuales; no descubrimos por nosotros mismos). El texto de Santiago por otra parte, hace mérito de honestidad. El man le pone tono al asunto y escribe como habla. Describe la foto como la entiende, no necesita de autores ni de conceptos, le basta con entenderla a su manera y es honesto en ello, explica a fondo como ve el mundo desde sus ojos. Mejor eso que un escritor diciendo que el trabajo vale la pena… Qué se jodan! Qué el lector diga si vale o no la pena.

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Con los años fuimos tan reacios a eso, al texto, que con el título del libro y el autor era suficiente texto, acaso la página legal. Tan radicales los jóvenes en Colombia, que se escucha en los pasillos, como en el colegio, que si tiene texto no es un fotolibro… que si hay que explicarlo con texto, no es un fotolibro, incluso no es fotografía; como si existiera una forma monolítica de libro y de foto… que si esto y aquello. Yo pienso que los fotógrafos nos parecemos a los escritores, solo que ellos gozan de mejor nombre, mercado, un aura mística que les rodea y mejor público (ellos dirán que no); público que sabe más de leer letras que imágenes (cosa que va a ir cambiando, parece ser). Contamos historias y le hacemos caso a nuestras voces internas, seguimos esa lineas, en eso nos parecemos, en eso y en hacer creer al lector en el mundo que les contamos, que puede ser real, aunque sea todo de mentiras, sostenido, suspendido, por palabras, por imagenes.

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En esa misma habitación, abrí libros de otros fotógrafos y empecé a comprar libros cada vez que podía, la Luis Angel Arango y la librería del Fondo de Cultura Económico así como la Librería Lerner, fueron los lugares que me dejaban acceder a los libros sin tener dinero para comprarlos; solo necesitaba de invertir dos o tres horas en cada lugar, ir a ver los libros, uno tras otro, a ver que nuevo había, apuntar los nombres de los autores para buscarlos en la casa, en el computador. Cuando fui profesor en la U Nacional podía darme el gusto de comprar uno, dos o tres o cuatro libros mensuales, dependiendo de la feria o el segundazo y de llegar a ese cuarto a leerlos, a verlos, a poner señaladores en las páginas para volver una y otra vez a estas naves. Recuerdo que en una época en que quería entender lo de narrar, editar, hacer secuencias, contaba cuántas fotos verticales habían seguidas en ciertos libros, cuántas horizontales, parecía ser matemática pura. 72 fotos en I Tokio de Jacob Aue Sobol, tantas verticales, tantas horizontales, puestas en tal orden, etc. Dibujaba esos esquemas intentando descifrar un código oculto, una piedra Rosseta que permitiera abrir las puertas al lenguaje de la foto y de libro de fotos. Había coherencia matemática en ciertas publicaciones, en otras no. Saber la falta de educación sobre el tema, pero la sobra de entusiasmo.

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Colombia Inédita lo conseguí en el 2012, cinco años después de verlo por primera vez y veinte después de ser publicado, logré hacerlo firmar y logré escuchar de su autor la forma cómo lo desarrolló; la historia del proyecto. Una alegría de fan, poder profundizar en los libros, entender su universo más allá de las páginas que vemos. Si un libro nos despierta las ganas de preguntarnos más, de buscar sobre esas puertas que abrió, habrá valido la pena mil veces. Y claro, entenderlo, conocer la forma en qué se hizo, sin duda es una nueva forma de releer el libro, de perderse entre las esquinas de tinta. Supe que el título vendió todos los ejemplares de la primera edición y por eso se hizo una segunda, con una portada mas impactante. Yo prefiero la primera.

Colombia inédita y su autor se vieron enmarcados en las posibilidades del mercado. Villegas aportó y ayudó a construir una industria valiosa, insisto. Santiago superaba de largo, a mi modo de ver, las intenciones de solo entender el trabajo de manera nacionalista o identitaria, el Colombia del titulo lo ponían por razones de mercado; entendía bien las dinámicas de ventas de libros en el que se desenvolvía, pero el mercado requería de productos especificos, condicionando ciertas cosas.

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Paréntesis 2

Con el tiempo, vuelvo una y otra vez a los primeros libros que compré. Salto de Luis B Ramos, a la Crónica de la fotografía en Colombia, de ahí a los libros de la Historia a través del tiempo, un par de catálogos sobre una expo de Fractales que me encanta por el diseño y por como esta impreso, también una de Arrieros que siempre me gustó; miro medio aburrido el tomo dos de Historia de la fotografía en Colombia de Serrano, que desanima a cualquiera, y que no hace espabilar a ningún historiador (les avisamos amigos, que no hay historia o historias de la fotografía en Colombia porque no la han escrito, no bien). Repaso el libro de Melitón Rodríguez. Paso del error litográfico y de producción al puritanismo del libro de mesa, limpio y pulcro (parecen hechos en europa), desde su producción hasta sus temas asépticos. Salto a los libros actuales, lo que buscamos entender como un libro producido y pensado en Colombia; esa necesidad interna del gremio de encontrarnos en el maremagnum de tinta y hojas que inunda el mundo, de hacernos un espacio, un nombre, de patear la puerta y entrar en la escena, una escena que parece en declive. Me pierdo entre esas páginas y nuestro trastorno de personalidad múltiple, entre nuestro principio y final, entre las tensiones de los gurús y el entusiasmo de los jóvenes. Entre la forma correcta de hacer y lo que no debemos hacer. Entre concepto y objeto. Entre coherencia e incoherencia. Cierro las páginas de todos los libros. No podemos cercenar la creatividad con formas correctas de hacer, ese es solo un camino, pienso para mis adentros mientras oigo una canción del burro mocho sonar en youtube; quizás estoy cansado, pero sigo pensando que crear requiere de caos y de concentración, de estudio, de inspiración y vagancia, de tema y confusión, de disciplina y de error, de perdernos. ¿Una forma de hacer? ¿Una forma correcta? Me suena a folclor, el que homogeniza la diversidad creativa para volvernos formula (oímos al fondo que la cumbia se baila así y suena asa, que el vestido es de esta manera, cállate burro mocho!).

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Cierre de paréntesis

Son las 2.57 a.m. Vuelvo a la portada de Colombia Inédita, aunque quiero terminar el texto, siento la necesidad de volver al libro. Si se observa con detalle, en Colombia Inédita no hay nada que pueda considerarse pintoresco. Barthes clasificó lo pintoresco en montaña, quebrada, desfiladero y torrente. Aunque ya no me gusta Barthes, pienso que Santiago Harker le da una dimensión por completo distinta a su geografía. A lo curioso, se opone lo insólito, a lo típico enfrenta lo desproporcionado y delirante, a lo característico contesta con lo roto y lo extraño. Los territorios de su universo se construyen bajo una óptica geométrica, en la que Harker plantea una ruptura con la forma tradicional de ver y pensar, y donde el hecho del anónimo juega una dimensión desconocida, que no tiene nada que ver con la circunstancia que puede vivir quien llega a individualizarlo. Su relación con el mundo no es, entonces, una relación histórica o espacial: es una relación matemática, construida sobre planos diversos que se entrecruzan, se atraen y se repelen, se fastidian y se complementan hasta dibujar este universo paralelo. Esta es la forma como se describe el libro en la solapa. Considero que es acertada. Retrata muy bien el contexto en que se produjo, pero incluso describe bien el libro de Santiago, salvo que no dice que es seguramente uno de los pocos libros que se publicó en la década de los noventa con atisbos notorios de discurso autoral, en el campo de la fotografía documental; con decisiones pensadas y tomadas por el autor.

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Santiago es un fotógrafo excepcional. Clásico hasta la medula y así incluso revelador. Como docente y como ejemplo de vivir de la fotografía en este contexto, aún más. Los jóvenes nos olvidamos de eso. De entender lo que ha ocurrido y lo que se ha hecho. De revisarlo como con curiosidad, así sea  desganada. Nos olvidamos que debemos hacer temblar el presente para dialogar con él. Nos olvidamos de lo que debemos aprender de los que ya hicieron algo, como Santiago o como Villegas. Miramos para afuera y para adentro, con la necesidad de reavivar el aire de los pulmones, de tomar vuelo lejano y planear en suave sobre el clamor local. Tememos errar y cagarla. Tememos desilusionar las expectativas puestas en nosotros mismos y para ello lo que hacemos es mirar afuera, reflejarnos más afuera incluso que antes. Tememos tanto a errar que nos acostumbramos a no hacer para no conocer el resultado. No me interesa el nombre de Colombia en el libro de Santiago. Lo de inédito en cambio, tampoco. Me interesa la posibilidad de ver una época y de entenderla como un paso que han dado otros para construir sobre ello. La posibilidad de leer el objeto como un momento histórico de la fotografía, de su lenguaje, haciendo una arqueología cultural, industrial y de mercado. Me interesa la posibilidad de interrogar a los fotógrafos, a sus objetos producidos, a sus intermediarios corporativos, a sus públicos, y preguntarnos cuál es nuestro contexto histórico, para qué estamos parados aquí, por qué queremos ser fotógrafos y hacer libros, y por qué decidimos hacer esto en lugar de ser jardineros, ayudando a que en el mundo se respire un aire más limpio.

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Parentesis 3

Son las 3.36 a.m. Estoy agradecido con las personas que hicieron la reseña de Savage (Mirabilia libros) siento que fueron muy generosos y bonitos; incluso hicieron algo más bonito que el libro, gracias.

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Cierre de parentesis

No pude pasar de la solapa del libro en este texto. Ni hable del derroche de foto y humor de las páginas impresas. Solo recuerdo que la segunda edición, aunque está mejor impresa, me gusta menos. La primera tiene algo que no me gusta y es ese epilogo de imágenes de volcán. Siento que son fotos que metieron al final, porque les tenían mucho apego. La pasta dura recubierta de tela me parece un detalle formidable y lleno de buen gusto, dialoga perfecto con nuestra forma de entender la Colombia Inédita que se desarrolla en las paginas, lastima este cubierta por esa camisa impresa que parece ser una metáfora sobre la identidad nacional, siempre encubierta. Papel y diseño suman. El objeto aporta al concepto en equilibrio y a la historia. Pero lo que más me gustó es que mi mamá y mi hermanita lo comentaron en la casa una vez, aquella vez en que saque el libro de la biblioteca Luis Angel Arango.

Lo digo de cierre, porque al final lo que más importa es que los libros los lean, los comenten y lleguen las historias, los pensamientos, las preguntas y respuestas a más personas, que anime otras voces  y ojos a explorar el mundo, a preguntarse sobre él; logrando eso, logramos todo, no importa en que esté impreso, ni como haya llegado a las manos de ese lector.       


JORGE PANCHOAGA. - www.jorgepanchoaga.com


Datos y enlaces externos sobre este fotolibro.

Datos de Publicación

Autor: Santiago Harker

Editorial: Villegas Editores

Año: 1992

Número de páginas: 184 páginas.

Medidas: 22.9 x 30.5 cms

Peso: 1,5 Kgs

ISBN: 9589138721

Primera Edición agotada.

Segunda Edición disponible.

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En Bogotá:

Villegas Editores

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