La última noche

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Juan José Horta Soto es un reportero gráfico con varias series sobre el conflicto y en esta Última noche ofrece un retrato ambiguo sobre el conflicto, la noche, y la idea que uno puede tener sobre lo que significa lo último.

Reunidas hay 18 fotos de armas puestas sobre cobijas, sábanas, cubrelechos de muchas clases. Hay, por ejemplo, con figuras geométricas, con flores muy grandes y rosadas, con osos pandas sonrientes que parecen contándose un chiste.

La irrupción de los fusiles y ametralladoras sobre estas superficies hace pensar en descanso pero también en la incomodidad de meterse en una cama en la que han dejado boronas que uno se clava en las plantas de los pies.

Está el contraste entre la rigidez del metal y la suavidad de la tela. Está también el claro esfuerzo por hacer que la tela esté bien extendida para darle la bienvenida a las armas que ahí yacen.

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Se puede uno imaginar a la persona dueña de la cama extendiendo las telas, como si recibiera un huésped que quisiera hacer sentir cómodo. También se ven limpias y uno podría imaginarse el olor del jabón en el cuarto contrastando con el del aceite con el que se mantienen las armas o con la acidez de la pólvora o del metal.

¿Qué tendrá de “última” esta noche? Podría ser que las armas se están acostando y que se les esté apagando el día, que se trate de sus últimas horas como armas porque luego serán fundidas para ser otras cosas: varillas, lámparas, radios de bicicletas. Pero también, más terrible, podría ser que los dueños de estas camas, quienes tendieron amablemente las sábanas, cobijas y cubrelechos para recibir a las armas, dejen de vivir tras haber hecho su gesto generoso.

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Es más, puede que el gesto no sea generoso sino amedrentado. Que mientras extienden las sábanas, cobijas y cubrelechos otra arma les esté apuntando, que la amabilidad no sea amabilidad sino miedo, que la última noche se refiera a la suya, que el engalanamiento de la cama no sea más que un gesto horrible de sadismo armado.

La tira de las 18 armas está complementada por dos cartas de excombatientes que se despiden de sus fusiles. Hablan de reconciliación, de dejar las armas, de paz. Las cartas hacen más angosto las posibilidades de sentido de las imágenes, su ambigüedad se reduce y se le va un poco la gracia.

Ahora es un documento que registra una entrega de armas y las sugerencias de esos fondos, de los pandas sonrientes y las flores fosforecentes, colapsan. No hay nada que ver acá. Es una entrega. Sigan su camino. No hay asesinatos ni amabilidades forzadas. Solo hay armas y camas y una guerra que lleva décadas acabándose sin terminarse de acabar. Lo de siempre.

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Texto de Manuel Kalmanovitz - manuelk12@gmail.com - Página Web


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Datos de Publicación

Autor: Juan José Horta

Editorial: Autopublicación

Fotografías, concepto y diseño: Juan José Horta

Edición: Jorge Panchoaga

Páginas: 18 + 2

Medidas: 12 x 17 cm

ISBN: NA

Impresión: Lineas Digitales

Primera edición 2018

300 ejemplares

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Jardines

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Empezaré por el principio analizando el título de Jardines de Valeria Giraldo. ¿Qué es un jardín? Puedo definir un jardín como un ecosistema dispuesto por el hombre a partir de elementos orgánicos (principalmente plantas y flores). Quien diseña el jardín se apropia de elementos del medio ambiente y los ensambla a su gusto en un espacio controlado. Este acto devela una tensión entre la admiración que el humano siente por la naturaleza y el deseo de verse reflejado en ella.

 ¿Por qué tenemos esta necesidad de coleccionar y poseer todo aquello que nos desarma y que nos mueve a nuestro alrededor? No nos basta con dejarnos cautivar por la experiencia, aceptado su transitoriedad intrínseca; entendiendo que aquello que despierta nuestros sentidos, puede ser en sí mismo, sin la necesidad de nuestra existencia. En cambio, lo volvemos objeto del deseo: anhelamos materializarlo para poder consumirlo. Reafirmamos sin cuestionamientos la ilusión de que el control puede alivianar nuestra angustia existencial. Asfixiamos esa alegría inicial con la obsesión de poseerla.

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Los jardines en este libro los asocio con la intimidad. No es casualidad que la portada sea un retrato de Valeria en un interior con plantas. Tampoco es casualidad que las plantas a lo largo del libro: balazos, ratoneras, bore, nopales, heliconias, palmas y demás, sean especies tropicales. Todas pueden ser encontradas en los paisajes de Colombia y en los jardines de sus casas.

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Al extraer una planta de su medio natural para ponerla en un jardín, veneramos su existencia. La armonía lograda en el entorno artificial puede ser más plástica que el caos de la naturaleza misma. La maceta, contenedor de esta vida, y las condiciones óptimas propiciadas por el entorno controlado, pueden acentuar la divinidad de la planta. Al alejarla de sus depredadores y al darle la luz y el alimento en intervalos y medidas perfectas, la planta puede crecer y resaltar más de lo habitual. También puede morir si la dejamos de atender o si fallamos en algún paso del procedimiento. Sea bello o no el resultado de esta domesticación, lo inquietante es que de-formamos y re-formamos la planta para moldearla a nuestro gusto y capricho, revelando la plasticidad de la vida misma.

 Como la apropiación de estas experiencias estéticas no nos llenan, pasamos a codificarlas en recuerdos intensos. De nuevo ensamblamos y modificamos estos fragmentos a nuestro gusto y semejanza. De ahí que pasando las hojas del libro una asoleadora pueda parecer la maceta o contenedor de un cactus, y que una hoja de bore, en vez de servir como alimento para las gallinas pueda pasar a ser la sombrilla de una mesa verde con sillas en forma de flor. Pero esto tampoco es suficiente, la codicia nos lleva a querer materializar otras capa sobre lo ya hecho: naturaleza hecha jardín, hecha recuerdo, hecha foto digital, hecha recuerdo de la imagen, hecha impresión de foto con acabado brillante de dimensiones y look típicas de un álbum familiar... Anillamos las fotos de tal forma que si lo quisiéramos, la secuencia del libro no tendría principio ni final. Así mismo, una vez anilladas, las fotos tampoco podrían escapar de este nuevo objeto al que fueron asignadas, al menos que fueran liberadas adrede por alguien, o que fueran leídas por distintas personas, luego analizadas en texto, luego vueltas a fotografiar para ser montadas en una página web que a lo mejor termine viendo la misma Valeria Girlaldo, perpetuando infinitas copias y capas de trans-codificación de información.

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Ahora bien, no toda la reflexión sobre la naturaleza del jardín tiene que girar en torno al cinismo. No todo tiene que ser tan complejo. Al igual que este espacio, todo es doble (pésimo chiste) y a final de cuentas lo que introducimos a nuestro jardín es algo que atesoramos y resguardamos con vehemencia. El jardín, siempre y cuando sea cuidado, trae vida y oxigena.

Algunas personas aspiran a la perfección en su jardín: lo podan y arrancan todo aquello que consideran que atenta en contra de su pulcritud y reputación. Desde aquella falsa seguridad que esto les brinda, señalan todo lo grotesco y caótico a su alrededor. Otras lo cercan y con miedo intentan detener el paso de cualquier intruso (aquí puede ir foto de rosa con púas). Otras permiten que las espinas y enredaderas crezcan tanto que se invierten los roles y la planta se alimenta de su huésped de manera parasitaria. Como todo, entre el jardinero y su jardín debe haber un fino balance, de lo contrario uno termina arruinando al otro. En fin…

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Mi abuela dice que una casa sin flores es un espacio triste. Y tú, ¿Cómo adornas tu interior?


Texto de Ana Cristina Vallejo - anyvallejo@gmail.com


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Datos de Publicación

Autora: Valeria Giraldo Restrepo 

Editorial: Jardín Publicaciones

Páginas: 28

Medidas: 12 x 17 cm

ISBN: 978-958-48-0765-6

Primera edición 2017

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Libreria NADA

El resto es selva.

“Amigos. Nadie más. El resto es selva.

¡Humanos, libres, lentamente ociosos!”

Los amigos, 1937. Jorge Guillén

Sí, para estar en la selva se necesitan amigos. Amigos que conozcan los caminos, amigos que se hayan criado en ese territorio, amigos que hablen su idioma, amigos que unas horas antes pudieron ser desconocidos, pero que en el caminar de la selva se van encontrando en la complicidad de ser humanos.

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En un mismo costal

Al usar la palabra selva el imaginario que viene a mi cabeza es de desorden, caos, humedad y, si me dejo llevar por mis recuerdos más sensoriales, viene a mi memoria olfativa el olor a tierra, pero no esa tierra de vivero estéril y homogénea, sino esa tierra fangosa, grumosa y profunda; en seguida viene la sensación lumínica de sombra, caminos que se van perdiendo entre la oscuridad de las plantas y pisadas que se desvanecen o enredan entre ramas pudriéndose; por último, está la sensación táctil de untarse, sudarse o ensuciarse y, de vez en cuando, tocar una mano amiga para dar un salto o para salir del fango.

El índice de libro me hace pensar en todo esto, en sensaciones de temperaturas, en caminar para conocer, en prepararse bien para “aventuriar” y en que estaremos pasados por agua, mucha agua.

 

El momentum de Juan Bailarín

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En cada acercamiento a un territorio lejano de las urbes, existe un Juan Bailarín, esa persona que puede ser mujer u hombre, tener 8 o 70 años de edad, pero que con su conocimiento y su generosidad nutre los procesos de cualquier índole. “Se la soyan” igual si la búsqueda está relacionada con algo científico que involucre su territorio o si la iniciativa es acerca de una especulación artística. Siempre habrá un comentario o una historia que cree ese momentum en el cual aparecerá un detonante creativo.

La escucha atenta de esos diálogos o de esos silencios que normalmente se dan mientras se hacen largas caminatas pasadas por exceso de sol o lluvia, o durante las comidas al borde de una trocha buscando sombra en cualquier palo, son las verdaderas pistas donde se revela el territorio para el viajero en busca de las historias que permanecen el aire.

El reto de ordenar visualmente la selva o de no hacerlo

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Alguna vez en un taller de foto-paisaje con el fotógrafo colombiano Santiago Harker, recuerdo que hablamos de hacer fotografía en la selva tropical o el bosque andino, y de las dificultades para jerarquizar y darle lectura a las imágenes, esto situándonos en un discurso, si se puede decir, prístino del lenguaje fotográfico.

Este fotolibro, en su estructura, plantea un orden con momentos claros demarcados por pautas gráficas que ilustran el recorrido, organiza la mirada atando las imágenes a un contexto geográfico, acompañado, a su vez, por las historias narradas de personas que habitan ese espacio; así se crea el conjunto del corpus narrativo.

Las imágenes, página a página, van dando cuenta de un estilo de vida en ese tipo de ecosistemas, de cómo es el rebusque para vivir, de a qué hora se va la luz y cómo lo que va quedando es el “silencio” de la selva. También están dotadas de una percepción fotográfica situada desde lo sencillo de los detalles, que para mí da cuenta de un tipo de observación respetuosa sin afán de buscar espectacularidades efectistas, y más bien dejando hablar a la selva y a lo que la habita.

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Las fotografías en su totalidad se unen narrativamente a lo largo del libro, gracias a que sostienen una penumbra contrastada dada por la calidad del papel escogido y la edición final de las mismas… entre otras decisiones. Algunas imágenes me dejaron con ganas de ver más, pero se van yendo a negros profundos donde ya no se puede descifrar mucha información, especialmente el caso de la doble página de la Cristalina donde aparece una escena de muchas personas al lado del río. Esa será una pregunta para hacer al editor y al autor.

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Texto de Alejandra Cardona. - aguaquevadejalacorrer@gmail.com


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Datos de Publicación

Autor: Sebastian Villegas

Editorial: Puente Consultorias.

Diseño de arte, diseño gráfico y diagramación: Mesa Estandar / Taller Graáfico y editorial.

Impresión: Artes y Letras S.A.S.

Editor: Santiago Escobar J.

Páginas: 120

Medidas: 26 x 20 cm

ISBN: 978-958-56423-6-2

3000 ejemplares impresos en papel Offset blanco de 115 gramos.

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Puente Consultorías

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A place to live

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El fotolibro de Mateo Gómez describe mediante imágenes la coyuntura  entre lo rural y lo urbano en los límites de Bogotá, planteando el  esfuerzo del ser humano por habitar un lugar, por decisión o necesidad, siguiendo el instinto de preservar a toda costa su propia vida, a veces de manera natural, a veces de manera artificial. En este sentido, “A place to live” es un título que, de entrada, encamina al lector en la experiencia sobre un lugar, en la afectación de vivir referida a dicho lugar, y en el pensamiento tanto visual como racional que emerge de la convergencia entre dichas experiencia y la afectación.  

Sin duda hay un aspecto “bergsoniano” del tiempo en el libro al combinar fotografías familiares e íntimas con espacios urbanizados y ajenos;  proponen la pugna entre un tiempo personal, interior e inconmensurable, y un tiempo oficial, externo, cuantificable, medible. Las fotografías urbanas proponen un tiempo del progreso, de edificación acelerada de viviendas, de carreteras, de obra negra. En las fotografías donde aparecen personas es manifiesto el tiempo de reuniones familiares, de caminatas peripatéticas e instantes de contemplación. ¿Cuál de los dos tiempos prevalece cuando se vive en un lugar que es límite entre lo natural y lo artificial?

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El fotolibro es una intermitencia de paisajes interiores y exteriores. Los  paisajes externos en gran parte enseñan grandes moles habitables de concreto y ladrillo que compiten con la vegetación por la ocupación del espacio. Mientras que hay fotografías de familias compartiendo en sus hogares dentro de viviendas marginales, algunos habitantes de los paisajes externos en el libro no descansan bajo un techo edificado, pues su refugio es un árbol y su lecho es el residuo de pasto que queda de la construcción de carreteras enormes, doble calzadas y centros comerciales. Sin duda una cualidad del ser humano contemporáneo es la habilidad de adaptarse a vivir en espacios que son para transitar y no para permanecer.

Yo habité en uno de los lugares limítrofes retratados en este fotolibro. Entre mis 19 y mis 22 años habité en el conjunto residencial San Jerónimo de Yuste, ubicado en el borde sur de la ciudad con los cerros orientales. El proyecto de conjunto residencial contemplaba la construcción de bastantes edificios de viviendas de interés social a costa de la eliminación de una gran parte de la fauna y flora de ese sector de los cerros, razón por la cual las entidades ambientales gubernamentales  de ese momento les revocaron las licencias de construcción. El conjunto solo construyó 3 hileras de edificios de unas 20 proyectadas, de manera que el paisaje resultante situaba los edificios en medio de carreteras vacías con espacios para los edificios ausentes, junto al enorme cerro que en una de sus caras fue deforestado y pelado para hacer un enorme muro de contención.  Como la construcción del conjunto no finalizó, sus límites con el entorno eran difusos. La separación entre el conjunto residencial y las viviendas de invasión circundantes eran cercos hechizos de rejas y polisombra, y además había una sofisticada transición del bosque a la ciudad demarcada por la vegetación que poco a poco inundaba el concreto. 

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El tiempo que viví allá fue muy particular. Dejando a un lado a los vecinos ruidosos, el habitar allá era tremendamente silencioso y tranquilo. En contraparte, el transporte para llegar allá era escaso y caminar hasta allá representaba un riesgo cotidiano. En su libro “breve tratado del paisaje”, Alain Roger plante que el jardín, desde su definición en diferentes culturas y territorios, se constituye como un espacio paradisiaco, ordenado y controlado, cuyos límites funcionan como un aislante de la naturaleza salvaje e incierta. En San Jerónimo de Yuste, al igual que en los otros paisajes urbanos del fotolibro, hay una lógica diferente a la que plantea Roger. La urbe se desarrolla caótica y devora un espacio natural, armonioso desde tiempos prehispánicos: Encima de las lomas de la sabana hay una montaña falsa y oscura, fabricada compulsivamente con basura y tapada con plástico.

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Para finalizar, vale la pena poner en diálogo este fotolibro con el texto “Construir, habitar, pensar” del filósofo alemán Martín Heidegger, el cual nos habla  sobre el verbo construir. En su etimología alemana, el término construir (bauen, en alemán) tiene dos derivaciones o significados: construir cuidando lo natural, lo que crece (del latín collere), y construir edificando lo artificial (del latín aedificare), lo que hace falta. En este orden de ideas, Heidegger llama la atención sobre cómo actualmente se ha refundido el sentido de cuidado  y, al construir, solo pensamos en edificar lo artificial sin preservar lo que ya está. “A place to live” siembra esta pregunta en el lector: ¿De qué manera construyo mis lugares emocionales y físicos? ¿Cuál es el equilibrio entre cuidado y edificación en ellos?  


Texto de David Guarnizo - deguarnizo@gmail.com - Página Web


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Datos de Publicación

Autor: Mateo Gómez García

Editorial: La Silueta

Páginas: 45

Medidas: 17 x 25 cm

ISBN: 9789588568416

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Libreria NADA

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Esquina Rosa

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La imagen que aparece en carátula nos muestra una esquina, quizá una que podría estar en cualquier parte del mundo, con un toque particular como lo es su forma redondeada, en la que aparece un hombre de espaldas para dar dimensión al encuadre, en la que reconocemos la presencia del sol que ilumina parte de su ropa, así como la sombra de los edificios cercanos que aparece sobre el pavimento. La sombra de este hombre aparece en la contracarátula, pues estas dos imágenes son fragmentos de la misma fotografía. Es un hombre del que sólo podemos reconocer su estilo de vestir, así como su piel blanca que se evidencia por su mano y oreja, pero que está siendo fotografiado sin que él lo sepa, está siendo registrado a través de la ventana del estudio de Miguel Ángel Rojas.

Cuando pienso en este gran artista colombiano, imagino también el momento en el que hacía las fotos que aparecen en este libro, en su sensibilidad como artista en plena década de los setenta, con aproximadamente treinta años de edad, en pleno centro de Bogotá, mirando la cotidianidad a través de su ventana y luego queriendo registrarla sin ser visto, consciente del acto voyerista de su trabajo, diferenciando éste del proyecto del Faenza, ya que Esquina Rosa contiene escenas urbanas, el artista estaba en un espacio interior y las personas que aparecen en sus registros tienen cierta distancia, pasando frente a su estudio. Imagino como el artista en una de sus pausas de trabajo, encontró un nuevo proyecto frente a él, uno de esos que aparecen cuando buscando distancia del trabajo se mira a través de la ventana, ¿o sería acaso estas escenas, una de las motivaciones para tener su estudio allí?

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Estos registros que estuvieron durante años en los archivos de Miguel Ángel Rojas, requirieron de una nueva mirada de su autor, tres décadas después, con su sensibilidad transformada por el tiempo, para poder consolidar una serie de doce fotos para una exposición y después con la curaduría de Ximena Gama y posterior diseño y edición de Andrea Triana, poder crear un libro que contiene 32 imágenes. La fotografía es una constante del trabajo de este artista, así como su sentido de observación y justo en la década en la que se realizan estas fotos, le apuesta a la construcción de sus proyectos con estrategias para pasar desapercibido y ser un cazador de imágenes. Otro de los detalles atractivos de la publicación es que sean en su mayoría imágenes a color, ya que una de las características de los proyectos del artista que desarrollaba en esa década eran en su mayoría con fotografías en blanco y negro. Pero si bien, el invento de la fotografía a color es de la década del treinta, fue en la década de los setenta donde se posicionó en el trabajo de muchos artistas y fotógrafos en el mundo.

El libro contiene fotos de varias de sus series, tanto en color como en blanco y negro, esta propuesta narrativa tiene un ritmo que va desde congelar un personaje en el espacio hasta terminar con imágenes tomadas con un largo tiempo de exposición. Estas series reunidas nos permiten entender las dinámicas de esta zona, el encuentro de miradas de quienes trabajan en este sector, así como de quienes lo transitan, o quienes llegan a él en busca de complicidad y placer.

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En el ritmo narrativo de la publicación pasamos de imágenes de esta esquina en color y luego en blanco y negro, evidenciando así momentos diferentes de la observación del artista. Fueron varios años registrando a través de su ventana, consolidando varias de sus obras con fotografías y explorando el sector como escenario de muchos de sus proyectos.

Hay un cambio en el ritmo de esta publicación, cuando encontramos una imagen en blanco y negro de dos policías en esa esquina, un contraste cargado de mucho simbolismo, y luego cuatro imágenes en color que no son de esta esquina, sino de otros de los proyectos que trabaja el artista simultáneamente, ya que se había arriesgado a registrar dinámicas de encuentros homosexuales, al interior de un teatro o de un baño. Una arriesgada acción teniendo en cuenta el sonido de su cámara en esta época, con mucha exploración técnica para poder aprovechar la luz de la pantalla, la sensibilidad de la película o el tiempo de exposición. El artista se exponía con cada uno de estos proyectos, ya que no se encuentra con personas conscientes del lente que está registrándolos, pero además llega a lugares donde existen otros códigos de encuentro sexual. Para contrastar estas imágenes luego aparece la imagen que es parte de la carátula, la de un hombre de espaldas en una esquina, y luego la de unos hombres uniformados, cinco imágenes en blanco y negro de policías de los que no podemos ver bien sus gestos, pero si su poder a través del bolillo en sus manos, que además de “cumplir su deber”, aprovechaban este espacio para la extorsión y la participación, como lo ha planteado el autor sobre su obra. La sexta imagen de los policías es en color, con una temperatura fría, que evidencia la distancia desde su ventana, en la que el poste de luz ilumina la silueta de estos seis hombres alejándose de este espacio, en medio de la noche.

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El final del libro son tres imágenes en color, realizadas con largos tiempos de exposición, carros que transitan en esta misma esquina, pero que apenas quedan como líneas sobre la calle, terminando con el registro barrido del movimiento de un vehículo, cerca de un andén en el que ya no vemos transeúntes.

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Es un libro de contrastes a través de las imágenes registradas, de pausas con sus páginas blancas, de cambios narrativos con las doble páginas en las que dialogan las dos imágenes. Esta publicación termina con los textos de presentación del proyecto, la ficha técnica de las fotografías y los créditos, por lo que las imágenes se presentan siempre en página completa, sin textos permitiendo un ritmo en la lectura del libro.

Esta publicación nos trae historias de otra época del centro de Bogotá, una calle en la que ahora encontraremos algunos detalles arquitectónicos reconocibles, de un espacio transformado como zona universitaria principalmente, que ahora empieza a rodearse de edificios de apartamentos. Este fotolibro presenta también las posibilidades contemporáneas de proponer nuevas miradas agrupando varias de las series que construyó este artista en la década del setenta, para que reconozcamos el valor documental de las imágenes, su poder narrativo al presentarlas en conjunto y la comprensión de las intenciones del artista, que se da gracias a la solidez con el que ha posicionado su trabajo.


Texto de CLARA VICTORIA FORERO MURILLO - cvforerom@unal.edu.co

*Imágenes cortesia Jardín Publicaciones


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Datos de Publicación

Autor: Miguel Angel Rojas

Editorial: Jardín Publicaciones

Páginas: 64

Medidas: 17 x 25 cm

ISBN: 978-958-48-3458-4

Curaduría: Ximena Gama

Edición y Diseño: Andrea Triana

Corrección de estilo / Traducción: Diego Uribe Holguín.

Preimpresión: La Troupe

Impresión: Torre Blanca Agencia Gráfica.

*Proyecto Ganador de la Beca para proyectos editoriales independientes en artes plásticas. 

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Santísimo Sacramento

Fotolibro colombiano Santísimo Sacramento

En los momentos que me llega este libro estoy hablando con mi hijo que viaja a encontrarse con su madre para decidir qué hacer con los recuerdos de la familia, qué hacer con los álbumes familiares, las cartas y las memorias de familia que pueden tener un origen en Suiza y en Bolivia, en España y en África, en Boyacá o en Cundinamarca, en los llanos orientales o en el desierto de la guajira, lo cual me obliga a preguntarme por nuestro árbol genealógico, ¿como está compuesto nuestro ADN? y esto me lleva a pensar que podemos formar parte de los desplazados de alguna guerra, de los buscadores de un tesoro o de una ciudad dorada e inmediatamente vienen a mi memoria los poemas “Ítaca” y  “La Ciudad” de Kavafis.

¿Qué hacer con esos recuerdos?. ¿Donarlos a un archivo de memoria histórica?. ¿A qué país le pueden interesar los afectos y efectos de unos ciudadanos con unas raíces que se podrían tal vez llamar rizomáticas y con unas identidades unidas al idioma que hablaban en ese momento de su vida?.

Fotolibro colombiano Santísimo Sacramento

Pienso en mi memoria y en los álbumes de familia que desaparecieron, tengo unas 3 fotos de mi infancia, las que tenía de mis hijos se las entregué hace unos años cuando me cambié de una casa muy grande a un apartamento pequeño y boté sin examinar las cajas llenas de fotos, se fueron los archivos de las obras de los años 70, 80, 90, etc. Las obras de mail art, fax art, las fotos borradas parcialmente con hiposulfito e intervenidas con tintas y con químicos que ya en su momento eran de dudosa permanencia, en esos días no pensábamos ni nos interesaba su perdurabilidad, en ese momento no había coleccionistas ni historiadores que quisieran tener esos archivos, la memoria no tenía el valor que tiene ahora.

Intento ir en mi memoria a los recuerdos más antiguos y a los más cercanos, quiero entender porque las capas que están más escondidas son las que permanecen y las más cercanas se desvanecen, como si no se pudieran fijar, como sucedía con las primeras imágenes de la fotografía argéntica, como si la escritura en las neuronas o donde sea que se lleve a cabo no se pudiera hacer porque no le dedicamos el tiempo suficiente al presente y se nos va en unos instantes, como el eterno ir y venir del agua: nunca te bañas en el  mismo río aunque sea el mismo río, vivimos en la modernidad líquida nadie puede sentirse seguro, todo se puede perder sin previo aviso.

Pienso en el amigo que ya no puede recordar qué hizo hace unos minutos, me intriga que pasa en el, cómo se siente, qué piensa, qué angustias vive, como intenta por múltiples preguntas ubicar algo del pasado que le permita traer esas memorias al presente… pienso en ir a hablar con él pero me contengo porque no sé qué le puede producir tener la lucidez de un momento de saber que no me recuerda y que me olvidara inmediatamente...

Fotolibro colombiano Santísimo Sacramento

Mi familia desaparece en la siguiente generación, varios amigos que son 5 o 10 años mayores dedicaron una buena cantidad de tiempo a la seducción para reproducirse y tienen un número de ex compañeras que tal vez no recuerden, un número de hijos y nietos que tampoco pueden recordar… ¿Tal vez es una forma de memoria hacia el futuro, tener quien los recuerde?

Me dieron un foto libro para escribir sobre él y me llevó a pensar en mi memoria... del libro me llama la atención los bordes que encuadran cada foto con precisión y se repiten de una hoja a otra hoja mecánicamente, bordes nítidos, precisos que enmarcan las fotos borrosas, en negativos y positivos, hojas que no están cosidas, que pueden tomar cualquier orden o desorden, hay unas pocas que están en un papel de otra calidad, tal vez el papel más económico y que menos permanecerá, con unos dípticos y trípticos, doblados de diferentes formas y que siempre coinciden con la última foto del libro, una especie de porcelana de la cual no se puede saber qué tamaño tiene, puede ser pequeña y guardar un tesoro o grande para servir un plato especial en la mesa el día que se reúne la familia a  celebrar un momento inolvidable de sus vidas, un cumpleaños, una despedida, que seguramente quedará registrado en una selfie que quedara perdida en las innumerables imágenes de las redes sociales, podría ser un objeto para guardar las cenizas de un familiar, ¿Cual es la razón para que esa imagen se repita y cierre el libro?

Fotolibro colombiano Santísimo Sacramento

La otra imagen que se repite es la de una pareja que cuando se tomó la foto estaba unida y que en el libro esta en hojas separadas, una pareja que yace en el prado mirando al cielo, con los ojos encandilados por la luz del presente y del futuro, el pasado está en sus espaldas, en la tierra que los sostiene, en la parte superior está la cartera de la mujer, predomina lo femenino, la madre.

Fotolibro colombiano Santísimo Sacramento

Como las fotos están sin unir, no se han fijado, pueden leerse en cualquier forma, recordando un poco a rayuela sin unas claves que unan un capítulo con otros capítulos, están allí para que uno les de el orden que uno quiera o no quiera…

Hay algunas fotos que son como unas entradas a una madriguera o el paso erosionado a una casa, a los recuerdos borrosos positivos y negativos, tal vez más negativos que positivos, las parejas están incompletas, acudo a mis propios recuerdos para intentar identificarlas, son difíciles de leer, tengo que adivinar a qué corresponden, hay una imagen que parece una foto de unas células o de algo que puede transportar información, como una especie de cadena, una especie de piso irregular sobre el cual la memoria intenta caminar…

Fotolibro colombiano Santísimo Sacramento

El libro está hecho a mano, parece una edición única, con algunas cosas extrañas y contradictorias, una de ellas es un cliché con un número 50/200 que recuerda las imágenes de los primeros libros que se usaban para compartir los paisajes de los viajeros o las clasificaciones de los primeros científicos que estaban midiendo y valorando el mundo para luego repartirlo entre los ganadores, el número del cliché que debe ser el que da testimonio de la originalidad del número de la copia del libro no coincide con el número de la edición que hay al final, 22/200 ¿error u olvido? ¿contradicción ? ¿alzheimer?.

Tal vez para compensar este olvido el tipo de papel y la forma del tratamiento de las imágenes es melancólico, se apega al lector, pide ser adoptado, por favor sin ti no existo, tienes que tenerme para que exista, soy tu pasado, tus raíces, por favor, por favor guárdame para que pueda vivir en tu memoria, tu me permitirás vivir en el futuro.     


FERNANDO CRUZ. - fernandocruzf@gmail.com


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Datos de Publicación

Autor: Agustín Zuluaga

Editorial: Libros Mojados Editorial

Páginas sencillas: 32

Dobles páginas: 8

Segunda Edición disponible.

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En Bogotá:

Inversa Editores

En Medellín:

Libros Mojados Editorial

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Colombia Inédita

Colombia Inédita - Fotógrafos Colombianos - FOTOLIBROS COLOMBIANOS

Hace años compré Colombia inédita. Lo encontré en las calles del centro de Bogotá, de segunda. Me compré la primera edición, con mucha emoción. No recuerdo si pagué, veinte, treinta o cincuenta mil pesos por el libro. Solo recuerdo la caseta en medio de una feria que se realizaba en una de las plazas del centro de Bogotá. Había visto el libro de Santiago Harker años atrás, lo había sacado de la biblioteca Luis Ángel Arango y había quedado realmente fascinado. Me acuerdo de verlo sentado en la cama de mi cuarto, sobre una cobija roja. Mi hermano mayor pasaba por ahí mientras yo abría la boca y le decía sorprendido: “mírate ésta… que duro este man…píllate esta otra” Le señalaba una imagen donde se ve una pared de ladrillo, que enmarca una ventana sin marco ni vidrio, al fondo una niña camina, un par de pantalones y camisas se ven colgadas, una vaca pasta, hay un tronco de palmera, un hombre en pantaloneta camina y, al fondo, una montaña y el mar. Cerré el libro ensimismado, en ese momento no entendía la foto en relación con otras fotos, ni los libros, ni mucho menos el asunto de hacer proyectos, de hacer una secuencia o de contar en imágenes. Ahora pienso que tampoco esta resuelto, pero sigo aprendiendo con espacios como éste que leo constantemente y con todo aquel que este dispuesto a compartir lo que sabe.

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Con los años conocí a Santiago. Lo escuché dando clase. Lo vi trabajar. Y escuché sus historias sobre cómo había hecho cada uno de sus proyectos. Hizo el trabajo, en parte con una beca que ganó de lo que en la época se llamaba Colcultura; viajó a diferentes lugares visitando parques nacionales y él mismo hizo la maqueta y el diseño de buena parte del libro. Con los trabajos siguientes hizo lo mismo: construir sus propios discursos.

En Colombia inédita, me contó algún día, había decidió trazar un camino a lo largo de las páginas: una geografía de montaña que parte de las alturas, la nubosidad, la niebla, hasta llegar a la orilla del mar, es una geografía física que se desarrolla sobre el papel y que se mezcla con la humana y tiende puentes entre las gentes, sus paisajes, el absurdo y su universo narrativo. Desborda la lógica de identidad nacional y folclor, aunque aporte a ello, aunque lo señale, aunque el mercado de la época lo solicitaba.

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Paréntesis 1

Del mercado de épocas, de industria, de qué se consume y se vende seguimos hablando, aunque haya cambiado la forma o aunque nadie tenga la formula. Villegas editores fue y seguramente sigue siendo, para la comunidad del país, el referente obligado sobre publicaciones y libros de fotografía. Sembró, cuidó, aportó, desarrolló y ayudó a construir una industria de mercado de libros fotográficos que había prosperado a lo largo de todo el mundo. El libro de mesa que se consumía turísticamente para conocer, compartir y adentrarse en las diferentes culturas y matices de un país, se constituyó como angular a lo largo de la región en un mercado que aportaba a la identidad nacional de cada territorio. Montañas, gentes, flores, casas, productos de exportación, nevados, lagos, luz, animales, aves, cascadas, sombra y naturaleza, constituyeron el ser imaginado, el territorio soñado, la luz esperada, el viaje perfecto, el ser colombiano o de cualquier otro lugar. Ese ser imaginado, ese territorio imaginado, se convirtió en estética, en deseo, en una forma de entender la realidad y de acercarse a ella. De Colombia Inédita, pasamos a Colombia mágica, a Casa colombiana, a Colombia invisible, Orquídeas colombianas, Caminando Colombia, etc, una editorial configuró otra y otra, hasta ocupar todas las posibilidades de acompañamiento que tenía la palabra Colombia. El mercado de la época lo exigía, los compradores de la época lo compraban, la identidad nacional del viajero que pisa tierras extranjeras lo obsequiaba, como obsequiar una parte de ese ser colombiano, como obsequiar café, pero no cualquier café, el café por el que nos conocen, no vendíamos la imagen de Colombia de los márgenes, al menos no la de los márgenes complicados, sino la de la luz en paraíso. La fotografía y los libros de fotografía de la época, trabajaban para ayudar a consolidar ese ser nacional que soñábamos en medio del caos de la guerra. Un ser jovial, ameno, gentil, colorido, rodeado de diversidad, belleza: paraíso tropical virgen y prístino. Ese mercado está en declive. Los compradores de esta época viajan menos, obsequian menos, y se venden menos libros de este tipo (eso sí, quizás se venden más que los libros contemporáneos de foto que nadie compra en el país); también está en declive vivir de estas publicaciones. Lo que sigue en pie es la educación visual de la comunidad a partir de estos libros, de lo bello a partir de la estética del libro de mesa y ese ferviente espíritu nacionalista que ensancha el pecho y nos hace olvidar de lo feo y de los problemas, tanto así que pasamos de los libros a los documentales en cine (no importa lo que encubra el discurso). Seguimos viéndonos imaginados en la patria soñada. Quizá sea posible imaginarnos desde otro lugar. Al final, ni la foto documental o de prensa deja de imaginar.

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Cierre de paréntesis

Vuelvo al recuerdo, al cuarto donde leía de foto en el 2007. Paso las páginas, veo las introducciones pomposas de textos con autores conocidos legitimando el trabajo de fotógrafos por doquier. Santiago hace esto, la mirada busca aquello, indispensable trabajo para entender tal, la foto nos recuerda, nos señala, nos muestra, la mirada del fotógrafo nos introduce, etc, etc. Recuerdo pensar por qué pasaba esto. Años más tarde entendería que era una lógica de la industria de la época y un caso latinoamericano (qué no sé si de más allá igual). La literatura y sus escritores habrían la puerta de las bibliotecas familiares legitimando el trabajo de otros (los fotógrafos), Monsivais en Mexico, Cortazar, al menos en un libro, en Argentina con ciertas variaciones en la propuesta de operar, pero en general duplas, que abrían la puerta. Necesitada la fotografía de partners de época para ser, para valerse a sí misma, para venderse y estar en una biblioteca; parece que intentándola impulsar, terminamos dejándola como menor de edad. Tragicomedia de las formas en que se desenvuelve la industria, ni críticos necesitábamos, solo escritores. Me gustan esas duplas de trabajo, lo que me disgusta es la forma de operar, no crean en conjunto, el texto es, ni más ni menos que una tarjeta de invitación que dice que vale la pena abrir el libro (¿en serio?) y que vale la pena ver lo que ha hecho el fotógrafo, que el man sabe lo que hace y el tema es interesante (triste necesidad de la foto y sus libros, imagino que ahora pasa igual con los críticos y las selecciones anuales; no descubrimos por nosotros mismos). El texto de Santiago por otra parte, hace mérito de honestidad. El man le pone tono al asunto y escribe como habla. Describe la foto como la entiende, no necesita de autores ni de conceptos, le basta con entenderla a su manera y es honesto en ello, explica a fondo como ve el mundo desde sus ojos. Mejor eso que un escritor diciendo que el trabajo vale la pena… Qué se jodan! Qué el lector diga si vale o no la pena.

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Con los años fuimos tan reacios a eso, al texto, que con el título del libro y el autor era suficiente texto, acaso la página legal. Tan radicales los jóvenes en Colombia, que se escucha en los pasillos, como en el colegio, que si tiene texto no es un fotolibro… que si hay que explicarlo con texto, no es un fotolibro, incluso no es fotografía; como si existiera una forma monolítica de libro y de foto… que si esto y aquello. Yo pienso que los fotógrafos nos parecemos a los escritores, solo que ellos gozan de mejor nombre, mercado, un aura mística que les rodea y mejor público (ellos dirán que no); público que sabe más de leer letras que imágenes (cosa que va a ir cambiando, parece ser). Contamos historias y le hacemos caso a nuestras voces internas, seguimos esa lineas, en eso nos parecemos, en eso y en hacer creer al lector en el mundo que les contamos, que puede ser real, aunque sea todo de mentiras, sostenido, suspendido, por palabras, por imagenes.

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En esa misma habitación, abrí libros de otros fotógrafos y empecé a comprar libros cada vez que podía, la Luis Angel Arango y la librería del Fondo de Cultura Económico así como la Librería Lerner, fueron los lugares que me dejaban acceder a los libros sin tener dinero para comprarlos; solo necesitaba de invertir dos o tres horas en cada lugar, ir a ver los libros, uno tras otro, a ver que nuevo había, apuntar los nombres de los autores para buscarlos en la casa, en el computador. Cuando fui profesor en la U Nacional podía darme el gusto de comprar uno, dos o tres o cuatro libros mensuales, dependiendo de la feria o el segundazo y de llegar a ese cuarto a leerlos, a verlos, a poner señaladores en las páginas para volver una y otra vez a estas naves. Recuerdo que en una época en que quería entender lo de narrar, editar, hacer secuencias, contaba cuántas fotos verticales habían seguidas en ciertos libros, cuántas horizontales, parecía ser matemática pura. 72 fotos en I Tokio de Jacob Aue Sobol, tantas verticales, tantas horizontales, puestas en tal orden, etc. Dibujaba esos esquemas intentando descifrar un código oculto, una piedra Rosseta que permitiera abrir las puertas al lenguaje de la foto y de libro de fotos. Había coherencia matemática en ciertas publicaciones, en otras no. Saber la falta de educación sobre el tema, pero la sobra de entusiasmo.

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Colombia Inédita lo conseguí en el 2012, cinco años después de verlo por primera vez y veinte después de ser publicado, logré hacerlo firmar y logré escuchar de su autor la forma cómo lo desarrolló; la historia del proyecto. Una alegría de fan, poder profundizar en los libros, entender su universo más allá de las páginas que vemos. Si un libro nos despierta las ganas de preguntarnos más, de buscar sobre esas puertas que abrió, habrá valido la pena mil veces. Y claro, entenderlo, conocer la forma en qué se hizo, sin duda es una nueva forma de releer el libro, de perderse entre las esquinas de tinta. Supe que el título vendió todos los ejemplares de la primera edición y por eso se hizo una segunda, con una portada mas impactante. Yo prefiero la primera.

Colombia inédita y su autor se vieron enmarcados en las posibilidades del mercado. Villegas aportó y ayudó a construir una industria valiosa, insisto. Santiago superaba de largo, a mi modo de ver, las intenciones de solo entender el trabajo de manera nacionalista o identitaria, el Colombia del titulo lo ponían por razones de mercado; entendía bien las dinámicas de ventas de libros en el que se desenvolvía, pero el mercado requería de productos especificos, condicionando ciertas cosas.

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Paréntesis 2

Con el tiempo, vuelvo una y otra vez a los primeros libros que compré. Salto de Luis B Ramos, a la Crónica de la fotografía en Colombia, de ahí a los libros de la Historia a través del tiempo, un par de catálogos sobre una expo de Fractales que me encanta por el diseño y por como esta impreso, también una de Arrieros que siempre me gustó; miro medio aburrido el tomo dos de Historia de la fotografía en Colombia de Serrano, que desanima a cualquiera, y que no hace espabilar a ningún historiador (les avisamos amigos, que no hay historia o historias de la fotografía en Colombia porque no la han escrito, no bien). Repaso el libro de Melitón Rodríguez. Paso del error litográfico y de producción al puritanismo del libro de mesa, limpio y pulcro (parecen hechos en europa), desde su producción hasta sus temas asépticos. Salto a los libros actuales, lo que buscamos entender como un libro producido y pensado en Colombia; esa necesidad interna del gremio de encontrarnos en el maremagnum de tinta y hojas que inunda el mundo, de hacernos un espacio, un nombre, de patear la puerta y entrar en la escena, una escena que parece en declive. Me pierdo entre esas páginas y nuestro trastorno de personalidad múltiple, entre nuestro principio y final, entre las tensiones de los gurús y el entusiasmo de los jóvenes. Entre la forma correcta de hacer y lo que no debemos hacer. Entre concepto y objeto. Entre coherencia e incoherencia. Cierro las páginas de todos los libros. No podemos cercenar la creatividad con formas correctas de hacer, ese es solo un camino, pienso para mis adentros mientras oigo una canción del burro mocho sonar en youtube; quizás estoy cansado, pero sigo pensando que crear requiere de caos y de concentración, de estudio, de inspiración y vagancia, de tema y confusión, de disciplina y de error, de perdernos. ¿Una forma de hacer? ¿Una forma correcta? Me suena a folclor, el que homogeniza la diversidad creativa para volvernos formula (oímos al fondo que la cumbia se baila así y suena asa, que el vestido es de esta manera, cállate burro mocho!).

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Cierre de paréntesis

Son las 2.57 a.m. Vuelvo a la portada de Colombia Inédita, aunque quiero terminar el texto, siento la necesidad de volver al libro. Si se observa con detalle, en Colombia Inédita no hay nada que pueda considerarse pintoresco. Barthes clasificó lo pintoresco en montaña, quebrada, desfiladero y torrente. Aunque ya no me gusta Barthes, pienso que Santiago Harker le da una dimensión por completo distinta a su geografía. A lo curioso, se opone lo insólito, a lo típico enfrenta lo desproporcionado y delirante, a lo característico contesta con lo roto y lo extraño. Los territorios de su universo se construyen bajo una óptica geométrica, en la que Harker plantea una ruptura con la forma tradicional de ver y pensar, y donde el hecho del anónimo juega una dimensión desconocida, que no tiene nada que ver con la circunstancia que puede vivir quien llega a individualizarlo. Su relación con el mundo no es, entonces, una relación histórica o espacial: es una relación matemática, construida sobre planos diversos que se entrecruzan, se atraen y se repelen, se fastidian y se complementan hasta dibujar este universo paralelo. Esta es la forma como se describe el libro en la solapa. Considero que es acertada. Retrata muy bien el contexto en que se produjo, pero incluso describe bien el libro de Santiago, salvo que no dice que es seguramente uno de los pocos libros que se publicó en la década de los noventa con atisbos notorios de discurso autoral, en el campo de la fotografía documental; con decisiones pensadas y tomadas por el autor.

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Santiago es un fotógrafo excepcional. Clásico hasta la medula y así incluso revelador. Como docente y como ejemplo de vivir de la fotografía en este contexto, aún más. Los jóvenes nos olvidamos de eso. De entender lo que ha ocurrido y lo que se ha hecho. De revisarlo como con curiosidad, así sea  desganada. Nos olvidamos que debemos hacer temblar el presente para dialogar con él. Nos olvidamos de lo que debemos aprender de los que ya hicieron algo, como Santiago o como Villegas. Miramos para afuera y para adentro, con la necesidad de reavivar el aire de los pulmones, de tomar vuelo lejano y planear en suave sobre el clamor local. Tememos errar y cagarla. Tememos desilusionar las expectativas puestas en nosotros mismos y para ello lo que hacemos es mirar afuera, reflejarnos más afuera incluso que antes. Tememos tanto a errar que nos acostumbramos a no hacer para no conocer el resultado. No me interesa el nombre de Colombia en el libro de Santiago. Lo de inédito en cambio, tampoco. Me interesa la posibilidad de ver una época y de entenderla como un paso que han dado otros para construir sobre ello. La posibilidad de leer el objeto como un momento histórico de la fotografía, de su lenguaje, haciendo una arqueología cultural, industrial y de mercado. Me interesa la posibilidad de interrogar a los fotógrafos, a sus objetos producidos, a sus intermediarios corporativos, a sus públicos, y preguntarnos cuál es nuestro contexto histórico, para qué estamos parados aquí, por qué queremos ser fotógrafos y hacer libros, y por qué decidimos hacer esto en lugar de ser jardineros, ayudando a que en el mundo se respire un aire más limpio.

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Parentesis 3

Son las 3.36 a.m. Estoy agradecido con las personas que hicieron la reseña de Savage (Mirabilia libros) siento que fueron muy generosos y bonitos; incluso hicieron algo más bonito que el libro, gracias.

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Cierre de parentesis

No pude pasar de la solapa del libro en este texto. Ni hable del derroche de foto y humor de las páginas impresas. Solo recuerdo que la segunda edición, aunque está mejor impresa, me gusta menos. La primera tiene algo que no me gusta y es ese epilogo de imágenes de volcán. Siento que son fotos que metieron al final, porque les tenían mucho apego. La pasta dura recubierta de tela me parece un detalle formidable y lleno de buen gusto, dialoga perfecto con nuestra forma de entender la Colombia Inédita que se desarrolla en las paginas, lastima este cubierta por esa camisa impresa que parece ser una metáfora sobre la identidad nacional, siempre encubierta. Papel y diseño suman. El objeto aporta al concepto en equilibrio y a la historia. Pero lo que más me gustó es que mi mamá y mi hermanita lo comentaron en la casa una vez, aquella vez en que saque el libro de la biblioteca Luis Angel Arango.

Lo digo de cierre, porque al final lo que más importa es que los libros los lean, los comenten y lleguen las historias, los pensamientos, las preguntas y respuestas a más personas, que anime otras voces  y ojos a explorar el mundo, a preguntarse sobre él; logrando eso, logramos todo, no importa en que esté impreso, ni como haya llegado a las manos de ese lector.       


JORGE PANCHOAGA. - www.jorgepanchoaga.com


Datos y enlaces externos sobre este fotolibro.

Datos de Publicación

Autor: Santiago Harker

Editorial: Villegas Editores

Año: 1992

Número de páginas: 184 páginas.

Medidas: 22.9 x 30.5 cms

Peso: 1,5 Kgs

ISBN: 9589138721

Primera Edición agotada.

Segunda Edición disponible.

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En Bogotá:

Villegas Editores

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